ANIVERSARIOS A MÍ…
Antes de que naciese Nico, Pau y yo pertenecíamos a ese grupo de parejas que no celebraban aniversarios de boda ni San Valentín. Más que nada porque maldita la falta que nos hacía. Todos los días podíamos arrebujarnos a ver una peli en el sofá y nuestros fines de semana los dedicábamos exclusivamente a nosotros mismos. El sofá estaba pelín empalagado, a qué negarlo, y en cuanto pudo se mudó de casa, al salón de una familia desestructurada. Esto es verídico y él solito y sin ayuda se bajó por la escalera y se montó en el camión de mudanzas.
Sin embargo ahora, con un niño que no consiente en pasar una sola noche en casa de los abuelos, los aniversarios de boda y San Valentín han cobrado un atractivo especial debido a su exotismo en nuestro catálogo de actividades cotidianas, además de un elevado nivel de estrés debido más que nada a que si algo falla… ¡Zas! Habrás perdido la oportunidad hasta el año siguiente. Y claro, así no hay quien se concentre, joer.
Nuestro aniversario de boda es el 16 de diciembre. Nos casamos en un ayuntamiento de la sierra de Madrid hace trece años y celebramos el convite de boda en El Valle de los Caídos. Con doce centímetros de nieve. Eso sí, las fotos quedaron espectaculares y el fotógrafo logró no llevarse colocadas dos bofetadas después de que yo, mi vestido blanco, mis medias blancas y mis zapatos blancos de tacón de carrete nos quedáramos clavados todos a una en el blanco elemento. Suceso que aconteció gracias a la insistencia de aquí, el profesional de la fotografía creativa, en conseguir una instantánea de los novios en medio del prado nevado. Me hundí hasta los tobillos. Pero esa es otra historia… en fin, a lo que iba, la cosa es que nuestro aniversario de boda sucede en diciembre. Todos los años.
Para este aniversario Pau me preparó una sorpresa. Iríamos a ver el musical Grease y luego a cenar. Bueno, a estas alturas de la peli el término sorpresa vino a quejarse formalmente de su utilización en la frase. Llamó a la puerta y me tendió una reclamación con membrete y firma, porque dejaba a juicio de un tercero si se podía utilizar su nombre para definir…esto:
- He pensado en darte una sorpresa para el aniversario - Empezó Pau.
- ¿Ein?
- Podríamos ir a ver el musical de Grease y a cenar. Mis padres se podrían quedar con Nico.
- ¿¿Pero venís después a recogerme, noooo?? ¡¡Buaaaaah!! ¡¡Límpiame las lagrimitas!! ¡¡Tengo mocooooos!! - Terció Nico.
– Pues Pau, me parece una idea genial. Ahora, yo ya dejaría de llamarlo sorpresa…
– Bueno, es lo más que me puedo acercar a una sorpresa teniendo en cuenta nuestra idiosincrasia, mona. Todavía hay que llamar a mis padres y convencer a Nico…
– ¡¡No me gustan las sorpresaaaaaas!! ¡¡Buaaaaaah!! ¡¡Tengo mocoooooooos!! - volvió a aportar Nico.
– Ah, por cierto Lola, conéctate a internet y saca las entradas que más te gusten..
- ¡¡Dioxxxx!! ¿No te has cansado mucho preparándolo, eh?
Yo misma me compré las entradas de mi propia sorpresa, Pau quedó con sus padres y Nico declaró que ni narcotizado pasaría la noche con sus abuelos. De esta manera devolví el cloroformo al botiquín y procedimos a buscar estrategias para intentar juntar en la misma frase el concepto noche loca de aniversario con el concepto pasar a por un nene de cinco años después de la cena. Dejamos de intentarlo porque no había manera de casarlo sin que alguien saliera damnificado.
A Pau todo el caso le afectó las neuronas - ¡¡Ya sé cómo podemos hacerlo!! – Dijo un día entrando en casa todo excitado – Mis padres vendrán a por Nico al cole. Nosotros nos vamos en metro al teatro. Y luego nos volvemos con Nico en taxi.
Yo levanté la cabeza - ¿Pero el teatro no está cerca de la casa de tus padres? Podríamos ir en coche y así no tenemos que esperar un taxi en tu calle con el niño dormido. Que en tu calle se cogen fatal a esas horas. Yo me he llegado a pasar esperando cincuenta minutos…
- Que no. Que allí se aparca fatal – Insistió él.
- Pero Pau, de verdad, es que es la idea más idiota que he oído en mi vida… - No hubo manera de hacerle cambiar de opinión.
Así que llegó el gran día. Los abus vinieron a buscar a Nico al cole y yo me puse toda feliz a arreglarme. Pensé en ponerme un vestido negro, los tacones negros y unas perlas… pero al final opté por algo más cómodo, un jersey de lana, unos pantalones y unas botas negras. Cuando llegó Pau, entró ya con ganas de polémica
- ¿Vas a ir con esas botas de tacón en el metro?
- Joer, Pau, ¿Aún sigues con eso? Yo creo que es una idea malísima.
- Pues no pienso sacar el coche- sentenció.
Me callé. Pero volví a hablar cuando la criatura, después de comer a toda prisa porque llegábamos tarde, va y se me calza el anorak blanquiazul de esquiar:
– Pau, ponte el chaquetón azul, por favor.
– No. Con este voy más cómodo.
– Joer, Pau, que el chaquetón es más presentable para salir.
– Que no, que no vas a decidir por mí lo que me tengo que poner.
– Pues muy bien. Yo con ese anorak no voy a ningún sitio – Y me senté en una silla.
- Lola, vámonos ya que no llegamos - Me dijo desde la puerta.
– Que no voy.
– Que perdemos las entradas.
– Que no voy a ningún sitio.
- ¡¡Joer, Lola, pues ya está, hala, ya me he puesto el puto chaquetón!! ¿Estás ya contenta? Pues yo estoy cabreado - Dijo él mientras se cambiaba de abrigo.
– Pues genial, rico, yo estoy como unas castañuelas.
En este estado pre divorcio llegamos al teatro para darnos cuenta de que estaba literalmente tomado por hordas de adolescentes supra hormonadas. Todas gritaban como locas en cuanto se notaba algún movimiento en el escenario y de pronto volvieron sus cuerpos y caras, todas a una, como Fuenteovejuna, para mirar al palco que quedaba justo encima de nuestras cabezas. Por más que me estiré no vi a nadie pero debía de ser asaz interesante a la vista de las reacciones histéricas que provocaba en las ya mencionadas hordas con acné.
Toda la situación decidió que si podía empeorar iba a hacerlo hasta el extremo y se lanzó en una carrera alocada hacia la hecatombe. A mitad de musical, cuando Sandy está cantando subida a un andamio, el carril que tenía que transportarla a lugar seguro se atascó. Consiguieron rescatarla, pero se cargaron el cambio mecánico de escenarios. Y pararon el espectáculo. Salí a la búsqueda de un baño que solo encontré en el piso de arriba. Dejé a Pau con mi abrigo y el bolso esperándome en la puerta. En esto unas jovencitas dementes le abordaron en tropel:
- ¡¡¡¿Está ahí?!!! ¡¡¡¿Está ahí?!!! ¡¡¡¿Ha salido?!!! – le chillaron ellas.
- ¿Quién ha salido? – respondió él parapetándose detrás del abrigo un tanto confundido – Y sobre todo… ¿de dónde habría salido?
- ¡¡¡Éeeeel!!! ¡¡¡De este palco!!!
Pau miró el palco que quedaba enfrentado al aseo de señoras – Pues yo no he visto a nadie desde que llevo aquí – intentó explicar.
Pero su voz fue estrangulada por un chillido ultrasónico formado por la emulsión de treinta gargantas unidas en pos de un ideal que fue a impactar en su oído izquierdo - ¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAH, se ha abierto la puerta!!!!! – Y todas ellas en compañía de sus gargantas se precipitaron hacia ella.
- ¿Qué ha pasado? ¿Quién está ahí? – Pregunté yo al salir del aseo y ver al ejército de dementes detrás de Pau intentando tomar un palco que por otra parte parecía inofensivo.
- Pues no tengo ni idea, y mira que lo he preguntado. Pero no son capaces de responder nada coherente.
Nos volvimos al sitio, y continuó el musical. Terminó con cincuenta minutos de retraso. De reloj. Yo quería cenar pero Pau decidió llamar para ver como iba Nico. Y Nico, se acababa de quedar dormido.
- ¿Qué hacemos?
- Pues si no se va a quedar a dormir en casa de tus padres, vamos cuanto antes a buscarlo. Te has empeñado en no traer el coche y ahora ya me dirás tú como lo solucionamos.
- Un taxi
- Ya
Llegamos a casa de mis suegros que nos ofrecieron su coche, pero Pau decidió que no, que tenía que ir con su idea hasta el final. Puso a Nico el abrigo, lo cogió en brazos, y allí que nos fuimos a buscar un taxi a la calle Alcalá entre Ventas y Manuel Becerra. Vinieron muchísimos taxis, cientos, miles. Ninguno vacío por la hora y por el sitio. Yo tenía ganas de asesinar a Pau. O de salir corriendo hacia algún paraíso tropical.
Tras media hora de ver venir taxis y decirles adiós con las orejas, ya nos aburrimos porque la temática no era muy variada, empezábamos a tener ojos de perrito abandonado y Pau iba arrastrando sus brazos por el suelo. Bien limpio que iba quedando. Mi santo tomó entonces otra decisión estupenda: coger el metro con Nico dormido. Cuando vi que él se iba hacia Ventas me dieron ganas de ponerme a andar hacia Manuel Becerra, pero como llevaba a Nico no tuve más remedio que seguirlos.
En el metro nadie les cedió el asiento. Y a mí se me llevaron los demonios ante tanto incivismo junto. Me quedé con las ganas de increpar a todos los que allí había, pero vamos, era el colofón perfecto para nuestro super aniversario. A las doce llegábamos agotados a casa. Yo además con ganas de apuntarme a un curso de estrangulación a distancia y Pau preguntándome si yo le veía los brazos porque lo que es él, no se los sentía.
Nada más oír la llave en la puerta Nico se despertó y lleno de energía nos comunicó su intención de jugar unas doscientas partidas a la Playstation 3 con su padre mientras éste se enroscaba las extremidades superiores. Les dejé en el salón negociando. Yo me arrastré a mi cuarto, cerré la puerta y me metí en la cama con un buen libro.
Menos mal que el aniversario no volverá a acaecer hasta dentro de un año, otro como éste no sé si podría resistirlo. Hum… casi que preparamos cenita en casa una vez que Nico se quede dormido.
Jejeje
real como la vida misma.
Muacks
De la parte de la boda, doy fe.
Yo doy fe del resto. Juo juo.