OPERACIÓN RIAZA - Domingo de exhibición
Llegaba el final de nuestro fin de semana otoñal. La mañana se levantó tranquila y me invitó a un café. Cuando estábamos todos levantados comenzamos a empacar nuestras cosas en los coches. Los niños querían ir a investigar por los alrededores y si era posible, decirle adiós con las orejas al señor negro. Nico tenía un pequeño lío de nombres con las nenas de Fanny y bastante frustrado con la situación decidió poner en práctica una última ocurrencia. Cada vez que alguien, conocido o no, se acercaba desprevenido, él en justa correspondencia se bajaba los pantalones componiendo un perfecto calvo y por si no había quedado suficientemente claro, a voz en cuello gritaba ¡¡CULITO, CULITO!!
Bajamos a Riaza a buscar a Nadia y asociados. Habían bajado a dar una vuelta a la orilla del río y nos unimos a ellos. Nadia decidió entretener a los componentes más bajitos de la expedición, los cuales se habían concentrado desde el minuto uno en intentar mover un tronco caído que era unas dieciséis veces todos nosotros. Alguno iba a acabar con los dos pies dentro del río si no trágicamente aplastado. Nadia decidió enseñarles a hacer barquitos con corteza de árbol y hojitas como velas. La cosa era echarlos al río y correr en paralelo para ver cual de ellos llegaba primero a un puentecillo que se encontraba a unos veinte metros de allí.
Nico - ¡¡Mamaaaaaá el mío no avanza!!
Nerea - ¡¡Mamaaaaá, Amalia no deja avanzar al mío!!
Nico - ¡¡Mamaaaaaaá el de Amalia se me ha echado encima!!
Lola – Esa no es Amalia, es Nerea.
Nico - ¡¡El barco de Nerea ha hundido el mioooooo!!
Amalia - ¡¡Voy la primera!! ¡¡Voy la primera!!
Cloe - ¡¡Mamaaaaaá, el mío no avanza!!
Nadia - ¡¡Cloe, no te acerques tanto que vas a acabar dentro del río!!
Todos los adultos aplaudiendo - ¡¡¡Bieeeeeen, ha ganado Amaliaaaaa!!!
Nico - ¡¡CULITOOOO, CULITOOOOO!!
Lola - ¡¡SÚBETE LOS PANTALONES, POR DIOX!!
Nadia - ¡Huy qué frío hace, me pongo el abrigo!
Felicitándonos por conservar cuatro niños secos a pesar de haber tentado a la suerte, decidimos continuar con nuestro plan inicial y proceder a la conquista del merendero de Hontanares. Y hacia allá que nos fuimos en los coches. Elegimos la mesa más alejada en varios kilómetros a la redonda y bien cuesta arriba porque era una mesa a la que le daba el sol cuando se apartaban las nubes. Así que cargando con unos setecientos kilos de comida fuimos avanzando a trompicones a través del prado esquivando cacas de vaca humeantes y bien frescas. Al llegar se fueron las nubes.
Nadia - ¡¡Huy, qué calor hace, me quito el abrigo!!
Nico, desde encima de la mesa - ¡¡CULITO, CULITO!!
Lola – Por Diox, ven aquí, exhibicionista en potencia.
Desempacamos todo y cubrimos unas seis hectáreas con todos nuestros enseres. Solo nos faltaba la televisión portátil. Pero lo que no habíamos comprado eran vasos y platos de plástico. Nadia sonrió triunfante – Por algo me llaman Lady Barbacoa – Y se sacó de la chistera una vajilla de plástico completa, incluyendo tazas de café y vasos de cubata. Volvieron las nubes - ¡¡Huyyy, qué frío hace, me pongo el abrigo!! – Añadió.
Entonces Nico declaró que quería hacer pis y a mí no se me ocurrió otra cosa que llevarle detrás de unas zarzas en los confines de nuestros dominios, fuera de la seguridad de la verja de pinchos que rodea la pradera de Hontanares, en el territorio salvaje de las vacas. Además yo también me estaba meando.
Total, que hacia allí nos encaminamos, y yo comencé a buscar una zarza que estuviera bien resguardada de miradas indiscretas. Tan buena era la zarza que cuando le dimos la vuelta nos salió a recibir un hermoso pandero rosado en cuclillas con propietario adosado a él. Nico gritó - ¡¡CULITOOOOO CULITOOOOO!! – . El propietario, un vejete de pelo cano, alzó la cabeza y me espetó - ¿te molesta?-. Yo solo alcancé a balbucear – No he sido yo. Ha sido éste-. Pero sonó a excusa barata porque Nico ya había puesto pies en polvorosa y allí estaba yo, como una estatua de piedra mirando un pandero rosa – ¡¡Qué vergüenza!! – siguió recriminándome el caballero. Y yo pensé – Sí, qué vergüenza y qué dos tortas se va a llevar uno que yo me sé.
Cuando volví Pau, a cuerpo gentil, llevaba de la manita a Nico - ¿Adonde habéis ido? – me preguntó. – Pues en realidad … a dar por saco a un tío – contesté . Él me miró algo confuso y siguió – Bueno, pues mientras tú te diviertes con esos hobbies tan exóticos voy a llevar a Nico al bar que quiere hacer pis -. Yo no daba crédito - ¿Hay un servicio allí arriba? ¡Vamos, no me jodaaaaas!… huuuum… por cierto… ¿no estás aterido de frío? -. Pau siguió caminando – Pues sí, tengo frío, pero reconozcámoslo, hay que contar con el principio básico de que soy muy vago para volverme a por el abrigo-. Yo pensé - Por supuesto, cómo olvidarlo.
Seguí hasta la mesa y conmigo volvió el sol - ¡¡Huyyyyy, qué calor hace, me quito el abrigo!! – nos informó Nadia. Yo la miré y solo acerté a decir - ¿No será la menopausia?-. Me dirigió una mirada asesina – No guapa. El menopaúsico será el tiempo, rica-.
Los niños acabaron de comer y se fueron a jugar a los columpios, los adultos nos sentamos en la terraza del bar al sol para tomarnos un café antes de marcharnos para Madrid. De pronto se me acercó Nico llorando
- ¡¡¡Buaaaaaaaah, la rubita me ha dado en la cabeza con un palo!!!
- ¿Y tú qué le habías hecho?
- Es que la he llamado Amalia y resulta que es Nerea
- ¿Y entonces?
- ¡¡Le he enseñado el culitooooooo!!
- ¡¡DIOX!!