OPERACIÓN RIAZA - Fase Preparatoria
Un día cualquiera en el que el sol entraba a raudales por las ventanas de la cafetería, Fanny, Nadia y yo, decidimos poner en peligro nuestra amistad. Nos iríamos juntas de fin de semana con nuestros agregados a Riaza. Ahí. Arriesgando. Ya sabes lo que se dice, lo que no mata, engorda. Y nosotras nos planteamos volver de Riaza con dos o tres kilos de más. Lo conseguimos gracias al cordero asado y al cochinillo churruscado. Ahora no entro en ninguno de mis pantalones. Mis pantalones por su parte, han decidido en votación a mano alzada, esconderse debajo de las camisetas y hacerse los muertos en cuanto pongo un pie en el cuarto ¡¡¡¡ARRRRGHHHHH!!!!
Nos decidimos por Riaza porque Nadia tiene un apartamento allí y el entorno es idílico. Nadia quería que planificásemos. El problema es que habíamos ido a coincidir tres mujeres del tipo hipercontrolador. En mi caso además bastante vaga. El resultado fue que planteamos una estrategia que ni la toma de Alburquerque. La toma de Alburquerque se pasó a cotillear por si podía aprender algo y se fue con varios cuadernos de apuntes. La cosa es que planeamos nuestro fin de semana al dedillo, sin dejar resquicio a la imaginación. Nos llevó un mes y medio. Literalmente. A primeros de septiembre Fanny y yo llamamos para reservar sendos bungalows en el camping de Riaza y la fecha del evento era mediados de octubre. Queríamos ver el otoño y sus hojitas in situ. Desenfundamos los bolígrafos y empezamos a planificar. El Messenger amenazó con desinstalarse de nuestros ordenadores desde el mismo instante en que el humo se vio salir de nuestros teclados… como a los diez minutos de comenzar.
La primera decisión importante a tomar fue la filosofía de convivencia que mejor se adaptaba a nuestras necesidades. A mí me gustaba la opción lapa. Esto es, hacer todo juntos incluyendo el desayuno a las ocho de la mañana en casa de Nadia con todos los niños y chocolate con churros. Nadia comenzó a sudar a chorros pelín agobiada. Cuando mi amiga ya corría escaleras abajo huyendo despavorida, transigí con que el desayuno lo hicera cada mochuelo en su olivo y que Diox se presentase en el que más le apeteciera. Por si acaso resultábamos elegidos apunté mentalmente llevar Nesquik de sobra.
Primero le tocó el turno al viernes. Pensamos en llegar a Riaza, darnos de alta en el camping e ir a cenar a un restaurante encantador en Fresno de Cantespino. Estooooo, más bien lo imaginamos encantador pues Fanny y yo jamás pudimos dar fe de esta afirmación. Por la sencilla razón de que después de semanas llamando a un móvil que supusimos del dueño y dejando mensajes en el contestador automático, no obtuvimos ninguna respuesta. Decidimos que o bien se le había hundido el negocio o bien se le había perdido el teléfono.
En cualquiera de los casos lo que no teníamos nosotras era resuelta la cena del viernes. Y lo que sí juntábamos entre todas eran tres maridos tipo tú-no-tienes-un-estómago-sino-un-pozo-sin fondo y cuatro niños en edad de crecer. Sospechábamos que no les iba a valer con respirar el aire puro de la montaña. A dos días de nuestro viaje se mascaba la tragedia. Nadia además se dedicó concienzudamente a hacernos una bola con ella en la boca. Bien grande. Porque tras investigar en la red le propuse uno a uno, cerca de treinta y cinco restaurantes en la zona de Riaza, y uno a uno los fue rechazando eligiendo entre alguna de las siguientes opciones: a) Demasiado caro b) Demasiado lejos c) Se come normalito d) Se come bien, pero lo que hacen allí, lo podemos hacer nosotras en casa. Casi me la como yo a ella. Tremendo.
Tras hacerle entender que la gracia de la cosa era no tener que hacerlo nosotras en una casa, la convencí con el primero de los restaurantes que le había propuesto, el Plaza, sito en la mismísima plaza de Riaza como su propio nombre parece indicar. A mi lista de restaurantes le dio un ataque de risa y hubo que darles a todos ellos un vasito de agua a la vista del atragantamiento masivo. La última cuestión espinosa vino y se plantó en medio de nosotras si previo aviso - ¿Y cuándo bañamos a los niños? – La parte vaga que me recorre el cuerpo entero salió presta a contestar – Las vuestras no sé pero el mío va limpio de serie. Como los chorros del oro, vamos.
El sábado quedó tan ajustado que íbamos a tener que ir corriendo a todas partes para poder llevar a cabo el plan de actividades. Por la mañana después de desayunar, Nadia y Saúl encargarían un cordero para asar en una de las panaderías del pueblo. Después excursión al Hayedo de la Pedrosa. A las dos y media aperitivo en el pueblo. A las tres ir en búsqueda del cordero asado y llevarlo a casa de Nadia. Una vez allí, comida de los niños, comida de los mayores y sobremesa. A las seis partido de pádel. A las ocho piscina de bolas para los niños. A las nueve y media cena de los niños. A las diez cena de los mayores. Sobremesa y Monopoly. Arf, arf, arf.
El domingo no le fue a la zaga. Al levantarnos debíamos preparar tres tortillas y empanar 20 filetes de pollo. Irnos a comer de excursión a Hontanares. Y por la tarde, café y vuelta a casa. De esta manera, tras semanas de discusiones, la agenda quedó bien apretadita a la altura de la cintura. De resultas de todo aquello, la agenda pasó a tomar el sobrenombre de Escarlata O´Hara y no respondía si nos dirigíamos a ella de otra manera. De todas maneras cuando iba llegando el día, Nadia se negó en redondo a que en su cocinita minúscula nos pusiéramos todas a cocinar tortillas y a empanar filetes. No soporta los codazos en los riñones cuando intenta picar cebolla. Qué floja.
Fanny por su parte seguía su propia senda para alcanzar el nirvana preparatorio. Había decidido que sus dos nenas necesitaban urgentemente unas botas para la estancia en Riaza. Además tenían que ser el mismo modelo y color para las dos niñas. Fanny es muy suya para las simetrías. Las botas le salieron al encuentro en un Zara cualquiera. Eran muy monas y hacían más ojitos que las protagonistas femeninas de un manga japonés. Fanny se lanzó en picado hacia ellas pero oooooooh, campos de soledad, oooooooh, tristes collados… había número para Nerea, la menor, pero no había 33 para Amalia. Fanny preguntó a las dependientas, pero no le dieron razón ni sabían si volverían a traerles el modelo.
Fanny decidió afrontar. Cogió las llaves del coche y en varios días se recorrió los cincuenta Zaras más cercanos a su casa incluyendo uno de Getafe. Y Fanny vive en Aravaca. Nada, el 33 no aparecía por ninguna parte. Fanny revisaba los periódicos también por si saltaba alguna noticia sobre botas del número 33 en manifestación huyendo a alguna provincia con mar o algo así. Ni rastro. Por si acaso compró unas del número 34, pero claro, le hacían de zueco a la niña. Eran botas y las iba perdiendo. Se hizo una lista de Zaras y teléfonos, e implantó una rutina. Cada mañana al llegar al trabajo después de llamar a su madre, llamaba a todos los Zaras preguntando por las botas. La misma respuesta – No. No nos han venido más -. Y por fin, dos días antes de irnos de fin de semana ¡¡Milagro!! ¡¡Habemus botas!! … en el Zara de Alcorcón.
Fanny echó la tarde yendo a por el único par de botas del número 33 que había en la tienda. Y al día siguiente recibió un par de cientos de llamadas de todos los Zaras de Madrid para comunicarle que había llegado el número. Sospechosamente todas las botas llegaban bien relajaditas y con buen color:
Dependienta - ¡Hola! Tenemos ya el número 33 en la bota campera marrón que le interesaba.
Fanny – Ay. Lo siento. Ya me llamaron ayer del Zara de Alcorcón y me acerqué a por ellas.
Dependienta – Humm. ¿Y cuantas niñas tiene con ese número?
Fanny - ¿Cómo? Pues una…
Dependienta - ¿Y cuantas piernas tiene la niña?
Fanny - ¡¡DIOX!!
En fin. No se llegó a mayores. Terminaba la planificación estratégica de la Operación Riaza y comenzaba su ejecución. Nadie resultó herido.
Ahora necesitas unos días para descansar y hacer un poco de dieta, y asunto arreglado.
Dibujando la Crisis
Saludos,
Janario
Ja, ja, ja. Pues sí. Pero hace tres semanas que fuimos a Riaza y aún estoy pagando el exceso…