Matrimonios in the city

Igualito que la vida misma.

MARTES DE CARNAVAL

La primera semana de febrero transcurrió tranquila este año. Quizá con algo de temporal… pero en general cosas que podían ser sobrellevadas por un ser humano medio: nieve en Madrid en la hora punta, atascos de varias horas, vientos huracanados que arrancaron de cuajo carteles de una o dos toneladas sobre la M-30… lo normal y asumible. Lo que no podíamos imaginar era lo que se nos venía encima a los progenitores de los tres cursos de infantil de nuestro cole. Todo empezó a partir de la reunión de urgencia del día 9 de febrero convocada por las maestras de nuestros niños… Había llegado el carnaval y yo con estos pelos.

Para más INRI el cónclave maestril liderado por el director, había tenido un día creativo y nos exportaron sus grandes ideas para el gran evento: el tema sería El Universo por ser el año mundial de la astronomía. A mí el proyecto me pareció algo ambicioso así presentado, que se nos salía de límite, vamos. EL UNIVERSO, ahí, con mayúsculas y todo. Se me antojaba grande. Más bien inmenso. Entonces llegó el mazazo, se les había ocurrido el genial aporte a la historia de la humanidad, de que nosotros, padres y madres trabajadores, que a duras penas conciliamos vida laboral y vida familiar para obtener como resultado algo que yo no definiría exactamente como vida, tendríamos como objetivo extra para las próximas dos semanas, confeccionar el disfraz de nuestros niños, una capa negra de tela negra con estrellas doradas adornándolo de cabo a rabo y una careta de plata en forma de plátano… ¡¡¡Iremos de LUNAAAAAA!!

Yo miré al miembro del claustro de profesores que me toca en suerte y percibí un perfume a euforia desmedida. No acababa de entender la razón de su alegría. También barajé la posibilidad de proponerle cambiar el nombre de claustro de profesores por el más definitorio de aquelarre, pero simplemente expuse los crudos hechos siendo brutalmente honesta – Teresa, no sé coser. Mucho menos capas élficas. ¿No habéis podido inventar algo que pudiéramos comprar en los chinos? Joer -. Teresa me contestó llena de felicidad alienígena - ¡¡Pero si es muy fácil!! Yo tampoco sé coser. Mira, una tela negra de raso de disfraz la doblas por la mitad y le cortas un círculo que sea el cuello, y luego grapas los laterales para que no quede abierto y ya lo tienes. Las estrellas las pintáis con pintura dorada para tela.

Los padres nos miramos sin mucho convencimiento. Y yo en particular me preguntaba donde venderían pintura para telas, porque en el Ahorramás yo no la había visto. Aunque a lo mejor era que yo me fijaba poco… Es lo que tengo, cuando voy con mi lista de la compra no paro en detalles, soy como un tanque con cesta de rueditas. Más tarde en casa le expliqué a Pau el tema disfraz y fue partidario en principio de pasarle el embolado a su madre. Pero yo pensaba… ¿y qué hacemos con las estrellas doradas? El resto de la tarde lo pasé en internet buscando tiendas de disfraces con capas negras de mago que me ayudasen a salir del paso sin dejar de lado mi ya legendaria vaguería… Pau en cambio buscaba patrones de capas y me estaba comenzando a mosquear. No encontré nada que me fuese de utilidad excepto el origen de nuestro disfraz, que según pude leer había sido hecho por primera vez con bolsas de basura negras en un colegio de Asturias.

Al día siguiente por la tarde me llamó María, otra mamá del cole que además vive en mi urba – Estoy en una tienda de telas en Usera ¿quieres que te compre tela negra también a ti?-. Atiné a contestar anegada en lágrimas de agradecimiento que amenazaban con ahogarme - Sí, por Diox. Muchísimas gracias. Te pondré un altar y te adoraré en días alternos –. Tenía solucionado el tema de la tela … y tenía también bastante claro que podía hacer el agujero para el cuello con un tijeretazo sin tener en cuenta bajos ni demás zarandajas y poner cuatro automáticos en lugar de grapas. Total, era un disfraz inspirado en bolsas de basura, tampoco me iba a demandar al ministerio de Cultura. Y yo soy más grande y le podía si se ponía chulo.

Me olvidé del dichoso disfraz durante la primera semana y llegó el domingo. Solo quedaban siete días y yo tenía la tela pero ni pajolera de cómo iba a afrontar el tema estrellas doradas. Pau se llevó a Nico de paseo y al volver me dijo - ¡¡Te traigo la solución!!.

- ¿A ver?

- Bueno, te he traído una especie de rotulador dorado que en realidad es purpurina y estas estrellitas.

- Pero Pau – Dije yo probando el rotulador de purpurina en un trozo de tela negra – este rotulador es microscópico y además no empapa la tela, queda como un hilo de pomada dorada con relieve y se emborrona… Y estas estrellitas… son muy pequeñas. Las estrellas que nos enseñó Teresa eran grandes como puños. Además, tenían que ser doradas y estas estrellas tienen todos los colores del Arco Iris pero no dorado… ¿Y cómo se pegan a la tela?

- Si te fijas, son horquillas para el pelo. Podríamos pasar hilos negros por la tela y enganchar las horquillas

- Pues mira, no me parece, joer. No es eso lo que nos enseñó Teresa.

- ¡¡Bueno, bueno!! Yo doy ideas

- Sí, nos das ideas que nos apartan de la solución correcta.

Por la tarde me bajé a jugar al pádel con María, Katy y Virginia, todas madres de compañeritos de clase de Nico, todas de la urbanización, todas trabajadoras y todas menos Katy hasta las narices del traje. Mientras peloteábamos intercambiamos información. Yo me interesé por como habían afrontado el tema estrellas. María había comprado un rotulador para tela negra pero tenía la punta muy fina y no empapaba bien en la tela, después de mucho luchar había conseguido algunas estrellas presentables. Virginia optó por coger una capa de mago de su hija mayor, volverla del revés, que era negro, y pegar sobre ella gomets minúsculos en forma de estrellita dorada. Y Katy nos contó que Laura, la cuidadora de su hijo Nuno, se había ofrecido a hacer el disfraz puesto que estaba asistiendo a un curso de costura.

Cuando volví del pádel hablé con Pau – Mira, se me ha ocurrido una cosa. ¿Tenemos papel autoadhesivo para impresora?

- Sí, tenemos. Pero es para tela de algodón blanco.

- He pensado que podemos modelar estrellitas de color ocre dorado en el ordenador, imprimirlas en el papel autoadhesivo, recortarlas y luego pegarlas en la tela.

- No lo veo. Va a ser muchísimo trabajo. Mucho mejor mis horquillas.

- Hum, de todas maneras yo voy a probar a ver si funciona con este papel autoadhesivo.

- Es que no va a funcionar. No se van a ver sobre la tela…

Cogí el ordenador, el papel autoadhesivo y la impresora. La primera parte del plan salió de perlas. Pero luego había que probar con la tela. Cogí un trozo para pruebas, enchufé la plancha y comencé a darle al autoadhesivo. Nada. Allí nada cambiaba de color excepto el tinte de mis mejillas. Decidí subir la temperatura y ¡¡Oooooh, campos de soledad!! ¡¡Ooooooh, tristes collados!! la tela se desintegró literalmente al paso de la plancha, dejándome inservible tanto la susodicha plancha como su tabla asociada, con los trozos de tela casi líquida pegados a ambas superficies - ¡¡¡ARRRRRGGGGGH!!!! ¡¡¡¡¡¡Que me he cargado la plancha!!!!! – Pasé la media hora siguiente intentando revivir mi electrodoméstico malherido a base de frotarlo contra una tela de vaquero que encontré por allí. Gracias a Diox no hubo que pasar al boca a boca.

- ¿Ves como no iba a funcionar? Además, esas estrellas de impresora no brillan. Se me ha ocurrido otra cosa. Compramos una máquina de coser pequeñita y tela dorada, y cosemos las estrellas a la tela.

- ¿Pero qué dices, tarado? Eso es superdifícil y lleva mucho trabajo. Además yo no sé coser a máquina.

- Todas mis ideas te parecen mal. Al menos tengo alguna. Y encima me insultas.

- Joeeeeeer. Bueno, voy a intentar otra cosa. ¿Tenemos pegamento para tela?

- Sí.

- Vale, pues voy a recortar una estrellita sobre papel dorado de regalo y la voy a pegar a la tela para ver cómo queda.

Cogí otro trozo de tela para probar. Recorté una estrellita. Me armé con el pegamento. Puse un periódico debajo… y ¡¡Tachán!! La estrellita, el pegamento y la tela me hicieron todos a una un corte de mangas con ganas. La estrellita no se quedaba fija en el pegamento y además el dichoso pegamento caló la tela, caló el periódico y encharcó de líquido pegajoso la tarima flotante - ¡¡¡DIOXXXXXX!!! ¡¡El fucking disfraz me va a costar la casa!!.

Pau seguía buscando en Internet la máquina de coser de sus sueños – Joer, Pau, que tengo dos máquinas de coser de mi madre y no uso ninguna, coño.

- Tú déjame a mí que ya verás. Éstas seguro que son más modernas que las de tu madre.

- Sí, una revolución industrial en máquinas de coser es lo que ha habido en los últimos quince años ¡¡Si son todas iguales!! Con su aguja, su hilo, sus aritos, su pedal…

- Seguro que ya no tienen pedal

- ¡¡DIOXXXX!! … A ver. Tengo otra idea. ¿Podrías pasar mañana por el Media Markt que está al lado de tu trabajo?

- Sí que podría.

- Pues cómprame papel autoadhesivo de impresora para tela negra y preguntas si tienen un rotulador dorado para tejido. Y también podrías pasarte por el Leroy Merlín y preguntar si tienen cenefas de estrellas doradas, de ésas para adornar la habitación de los bebés. Creo que son autoadhesivas también.

- Vale. Yo me paso. Pero me parece que las cenefas no vienen con autoadhesivo.

A la mañana siguiente Pau se pasó por el Media Markt y por el Leroy Merlín y chateamos desde el trabajo:

- ¡¡Hola!! Ya he llegado de mis paseos.

- ¡¡Hola!! ¿Has comprado el papel autoadhesivo? ¿Tenían el rotu?

- Andaaaaaa, se me ha olvidado. Y en el Leroy Merlín no tenían cenefas de estrellas. Pero me he comprado una máquina de coser.

- ¿¡¿Cómo?!? Pero vamos a ver, Pau, nosotros estudiamos en la misma facultad creo recordar ¡¡Íbamos a las mismas clases!! YO NO SÉ COSER ¡¡No sé como decirlo ya!! ¡¡Que no entraba en el plan de estudios, coño!!.

- Bueno, pues yo aprendo.

- Mira, me parece muy bien que te compres una máquina de coser. Eres muy libre. Pero me podías haber comprado lo que te había pedido.

- Pues no sé porqué tenía que hacerlo yo. Puedes ir tú al Carrefour, por ejemplo, y comprarlo allí.

- Joer. Porque me habías dicho que lo harías y has estado allí. Hay que tener mala leche. Como no era tu idea, no compras lo que te he pedido.

- Que se me ha olvidado. Y además te he comprado un regalo y a lo mejor ya no te lo doy.

- ¿Un regalo? ¿Qué regalo?

- Unas tijeras para coser.

- ¡¡La madre que te parió, guapo!!

Por la tarde la tensión se cortaba en el ambiente y tuvimos la mundial. Hasta tal extremo que el más cuerdo de toda la reunión fue mi hijo de cinco años que, muy atinadamente, me mandó castigada  a mi habitación durante 40 minutos porque había llegado a la cantidad exacta de cinco palabrotas. Cuando salí de nuevo al salón susurré a Pau amenazadoramente – Mañana irás a Dolmen, la tienda en donde se abastece de material escolar el cole, que te pilla de camino a la vuelta, y allí comprarás autoadhesivo de impresora para tela negra, airon fix, gómets de estrellas doradas y preguntarás si tienen rotuladores dorados para tela.

Pau me escuchaba mientras practicaba con la máquina de coser, que sí tenía pedal y menos posibilidades que las de mi madre – Vale. Pero esto es superfácil, en lugar de poner corchetes en los lados, podemos coserlos y dejar solo el hueco para las mangas.

A la tarde siguiente volvió Pau con su compra – No me regañes. No tenían papel autoadhesivo para tela negra y el airon fix se me ha olvidado peeeerooooo te traigo cientos de gómets de estrellitas doradas y un rotulador dorado para tela. Sin embargo no le tengo mucha fe a estos rotuladores, me parece que se calan en la tela y no se va a ver.

- Jo. Es que las estrellitas son muy pequeñas y Teresa nos enseñó unas estrellas grandes…

- Mira. Es imposible que vayan a ir todos iguales. Esto es lo que hay.

- Vale – dije yo mientras probaba de todas maneras el rotulador dorado sobre la tela - ¡¡Pero Pau!! Si el rotu va fenomenal ¡¡Mira qué bonitas quedan!!

Me pasé las siguientes tardes pintando las estrellas en el disfraz y al final quedó muy mono. Incluso aprendí a utilizar la máquina y un lado del disfraz lo cosí yo y el otro lado Pau. Estábamos ya tan felices el día antes del carnaval y a las siete de la tarde recibí una llamada telefónica:

- Hooooooola. ¿Señora Looooooolaaaaa? Soy Laura, la cuidadora de Nuno.

- Hola, Laura ¿qué tal?

- Pues mire, que quería preguntarle donde había comprado la tela para el disfraaaaaz.

- ¿No tienes aun la tela del disfraz? – No daba crédito – Pues en una tienda de Usera, tengo su dirección por aquí…

- Aaaaayyyyy, pero si no es en el barrio no puedo ir, porque yo salgo a las ocho y para esa hora ya habrán cerraaaadoooo.

- Pues sí, a esa hora habrán cerrado – Yo ya comenzaba a estar pelín nerviosa porque Nuno es amiguito de Nico y a las horas que estábamos no tenía disfraz.

- ¿Y los gomets con estrellitas? ¿Donde se cooooooompran?

- En Dolmen, tendrías que coger el metro para ir allí. Pero yo tengo gomets que no utilicé, puedo dártelos.

- ¡Ayyy! Pues muchas gracias, voy a ver como consigo la tela.

- Pero vamos a ver ¿no ibas a hacer tú el disfraz de Nuno?

- No. Yo nooooo. Una amiiiiigaaaaa. Pero la tela que tiene no es como la que han comprado usteeeeedes.

- Pero si no has visto la tela que he comprado yo – bufé. Comprendí que ni tela, ni amiga modistilla, ni nada de nada. Ni disfraz, que era lo peor.

- Mira, me ha sobrado tela de Nico. Si me traes a Nuno se lo hacemos en diez minutos.

- Ayyy, señora Lolaaaaaaaaa, no se preocupe. A las ocho me paso a por los gomets.

Mientras hacía tiempo hasta las ocho cogí la tela que me había sobrado, corté otro disfraz con las medidas de Nico, lo hilvané y lo metí en una bolsa con los gomets dorados. Llamé a Katy, la madre de Nuno:

- Katy ¿estás en casa? ¿tenéis ya la tela para el disfraz?

- ¿Cómo? No, estoy saliendo del trabajo. El disfraz está hecho. El viernes lo estaba terminando una amiga de Laura que ha hecho varios.

- ¿Qué? Si me acaba de llamar Laura para decirme que no tiene la tela ni las estrellas.

- No puede ser. Tiene que haber un malentendido. Ahora te llamo.

No hice ningún movimiento más y a las ocho apareció Laura en mi puerta – Te doy los gómets y el disfraz hilvanado. Solo hay que coserlo con hilo negro.

- Aaaaay, señora Loooooola, me salva usted la vida.

- ¡Diox, no puedo más con este tema! – pensé yo mientras sopesaba los pros y los contras de tirarme a la hoguera con la sardina.

El carnaval al día siguiente fue todo un éxito y el tiempo acompañó. Es cierto que casi me divorcié, sí,  pero tener un niño en infantil es lo que tiene… De todas maneras me reafirmo en mi lucha, mucho mejor comprado.

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ANIVERSARIOS A MÍ…

Antes de que naciese Nico, Pau y yo pertenecíamos a ese grupo de parejas que no celebraban aniversarios de boda ni San Valentín. Más que nada porque maldita la falta que nos hacía. Todos los días podíamos arrebujarnos a ver una peli en el sofá y nuestros fines de semana los dedicábamos exclusivamente a nosotros mismos. El sofá estaba pelín empalagado, a qué negarlo, y en cuanto pudo se mudó de casa, al salón de una familia desestructurada. Esto es verídico y él solito y sin ayuda se bajó por la escalera y se montó en el camión de mudanzas.

Sin embargo ahora, con un niño que no consiente en pasar una sola noche en casa de los abuelos, los aniversarios de boda y San Valentín han cobrado un atractivo especial debido a su exotismo en nuestro catálogo de actividades cotidianas, además de un elevado nivel de estrés debido más que nada a que si algo falla… ¡Zas! Habrás perdido la oportunidad hasta el año siguiente. Y claro, así no hay quien se concentre, joer.

Nuestro aniversario de boda es el 16 de diciembre. Nos casamos en un ayuntamiento de la sierra de Madrid hace trece años y celebramos el convite de boda en El Valle de los Caídos. Con doce centímetros de nieve. Eso sí, las fotos quedaron espectaculares y el fotógrafo logró no llevarse colocadas dos bofetadas después de que yo, mi vestido blanco, mis medias blancas y mis zapatos blancos de tacón de carrete nos quedáramos clavados todos a una en el blanco elemento. Suceso que aconteció gracias a la insistencia de aquí, el profesional de la fotografía creativa, en conseguir una instantánea de los novios en medio del prado nevado. Me hundí hasta los tobillos. Pero esa es otra historia… en fin, a lo que iba, la cosa es que nuestro aniversario de boda sucede en diciembre. Todos los años.

Para este aniversario Pau me preparó una sorpresa. Iríamos a ver el musical Grease y luego a cenar. Bueno, a estas alturas de la peli el término sorpresa vino a quejarse formalmente de su utilización en la frase. Llamó a la puerta y me tendió una reclamación con membrete y firma, porque dejaba a juicio de un tercero si se podía utilizar su nombre para definir…esto:

- He pensado en darte una sorpresa para el aniversario - Empezó Pau.

- ¿Ein?

- Podríamos ir a ver el musical de Grease y a cenar. Mis padres se podrían quedar con Nico.

- ¿¿Pero venís después a recogerme, noooo?? ¡¡Buaaaaah!! ¡¡Límpiame las lagrimitas!! ¡¡Tengo mocooooos!! - Terció Nico.

– Pues Pau, me parece una idea genial. Ahora, yo ya dejaría de llamarlo sorpresa…

– Bueno, es lo más que me puedo acercar a una sorpresa teniendo en cuenta nuestra idiosincrasia, mona. Todavía hay que llamar a mis padres y convencer a Nico…

– ¡¡No me gustan las sorpresaaaaaas!! ¡¡Buaaaaaah!! ¡¡Tengo mocoooooooos!! - volvió a aportar Nico.

– Ah, por cierto Lola, conéctate a internet y saca las entradas que más te gusten..

- ¡¡Dioxxxx!! ¿No te has cansado mucho preparándolo, eh?

Yo misma me compré las entradas de mi propia sorpresa, Pau quedó con sus padres y Nico declaró que ni narcotizado pasaría la noche con sus abuelos. De esta manera devolví el cloroformo al botiquín y procedimos a buscar estrategias para intentar juntar en la misma frase el concepto noche loca de aniversario con el concepto pasar a por un nene de cinco años después de la cena. Dejamos de intentarlo porque no había manera de casarlo sin que alguien saliera damnificado.

A Pau todo el caso le afectó las neuronas - ¡¡Ya sé cómo podemos hacerlo!! – Dijo un día entrando en casa todo excitado – Mis padres vendrán a por Nico al cole. Nosotros nos vamos en metro al teatro. Y luego nos volvemos con Nico en taxi.

Yo levanté la cabeza - ¿Pero el teatro no está cerca de la casa de tus padres? Podríamos ir en coche y así no tenemos que esperar un taxi en tu calle con el niño dormido. Que en tu calle se cogen fatal a esas horas. Yo me he llegado a pasar esperando cincuenta minutos…

- Que no. Que allí se aparca fatal – Insistió él.

- Pero Pau, de verdad, es que es la idea más idiota que he oído en mi vida… - No hubo manera de hacerle cambiar de opinión.

Así que llegó el gran día. Los abus vinieron a buscar a Nico al cole y yo me puse toda feliz a arreglarme. Pensé en ponerme un vestido negro, los tacones negros y unas perlas… pero al final opté por algo más cómodo, un jersey de lana, unos pantalones y unas botas negras. Cuando llegó Pau, entró ya con ganas de polémica

- ¿Vas a ir con esas botas de tacón en el metro?

- Joer, Pau, ¿Aún sigues con eso? Yo creo que es una idea malísima.

- Pues no pienso sacar el coche- sentenció.

Me callé. Pero volví a hablar cuando la criatura, después de comer a toda prisa porque llegábamos tarde, va y se me calza el anorak blanquiazul de esquiar:

– Pau, ponte el chaquetón azul, por favor.

– No. Con este voy más cómodo.

– Joer, Pau, que el chaquetón es más presentable para salir.

– Que no, que no vas a decidir por mí lo que me tengo que poner.

– Pues muy bien. Yo con ese anorak no voy a ningún sitio – Y me senté en una silla.

- Lola, vámonos ya que no llegamos - Me dijo desde la puerta.

– Que no voy.

– Que perdemos las entradas.

– Que no voy a ningún sitio.

- ¡¡Joer, Lola, pues ya está, hala, ya me he puesto el puto chaquetón!! ¿Estás ya contenta? Pues yo estoy cabreado - Dijo él mientras se cambiaba de abrigo.

– Pues genial, rico, yo estoy como unas castañuelas.

En este estado pre divorcio llegamos al teatro para darnos cuenta de que estaba literalmente tomado por hordas de adolescentes supra hormonadas. Todas gritaban como locas en cuanto se notaba algún movimiento en el escenario y de pronto volvieron sus cuerpos y caras, todas a una, como Fuenteovejuna, para mirar al palco que quedaba justo encima de nuestras cabezas. Por más que me estiré no vi a nadie pero debía de ser asaz interesante a la vista de las reacciones histéricas que provocaba en las ya mencionadas hordas con acné.

Toda la situación decidió que si podía empeorar iba a hacerlo hasta el extremo y se lanzó en una carrera alocada hacia la hecatombe. A mitad de musical, cuando Sandy está cantando subida a un andamio, el carril que tenía que transportarla a lugar seguro se atascó. Consiguieron rescatarla, pero se cargaron el cambio mecánico de escenarios. Y pararon el espectáculo. Salí a la búsqueda de un baño que solo encontré en el piso de arriba. Dejé a Pau con mi abrigo y el bolso esperándome en la puerta. En esto unas jovencitas dementes le abordaron en tropel:

- ¡¡¡¿Está ahí?!!! ¡¡¡¿Está ahí?!!! ¡¡¡¿Ha salido?!!! – le chillaron ellas.

- ¿Quién ha salido? – respondió él parapetándose detrás del abrigo un tanto confundido – Y sobre todo… ¿de dónde habría salido?

- ¡¡¡Éeeeel!!! ¡¡¡De este palco!!!

Pau miró el palco que quedaba enfrentado al aseo de señoras – Pues yo no he visto a nadie desde que llevo aquí – intentó explicar.

Pero su voz fue estrangulada por un chillido ultrasónico formado por la emulsión de treinta gargantas unidas en pos de un ideal que fue a impactar en su oído izquierdo - ¡¡¡¡AAAAAAAAAAAAH, se ha abierto la puerta!!!!! – Y todas ellas en compañía de sus gargantas se precipitaron hacia ella.

- ¿Qué ha pasado? ¿Quién está ahí? – Pregunté yo al salir del aseo y ver al ejército de dementes detrás de Pau intentando tomar un palco que por otra parte parecía inofensivo.

- Pues no tengo ni idea, y mira que lo he preguntado. Pero no son capaces de responder nada coherente.

Nos volvimos al sitio, y continuó el musical. Terminó con cincuenta minutos de retraso. De reloj. Yo quería cenar pero Pau decidió llamar para ver como iba Nico. Y Nico, se acababa de quedar dormido.

- ¿Qué hacemos?

- Pues si no se va a quedar a dormir en casa de tus padres, vamos cuanto antes a buscarlo. Te has empeñado en no traer el coche y ahora ya me dirás tú como lo solucionamos.

- Un taxi

- Ya

Llegamos a casa de mis suegros que nos ofrecieron su coche, pero Pau decidió que no, que tenía que ir con su idea hasta el final. Puso a Nico el abrigo, lo cogió en brazos, y allí que nos fuimos a buscar un taxi a la calle Alcalá entre Ventas y Manuel Becerra. Vinieron muchísimos taxis, cientos, miles. Ninguno vacío por la hora y por el sitio. Yo tenía ganas de asesinar a Pau. O de salir corriendo hacia algún paraíso tropical.

Tras media hora de ver venir taxis y decirles adiós con las orejas, ya nos aburrimos porque la temática no era muy variada, empezábamos a tener ojos de perrito abandonado y Pau iba arrastrando sus brazos por el suelo. Bien limpio que iba quedando. Mi santo tomó entonces otra decisión estupenda: coger el metro con Nico dormido. Cuando vi que él se iba hacia Ventas me dieron ganas de ponerme a andar hacia Manuel Becerra, pero como llevaba a Nico no tuve más remedio que seguirlos.

En el metro nadie les cedió el asiento. Y a mí se me llevaron los demonios ante tanto incivismo junto. Me quedé con las ganas de increpar a todos los que allí había, pero vamos, era el colofón perfecto para nuestro super aniversario. A las doce llegábamos agotados a casa. Yo además con ganas de apuntarme a un curso de estrangulación a distancia y Pau preguntándome si yo le veía los brazos porque lo que es él, no se los sentía.

Nada más oír la llave en la puerta Nico se despertó y lleno de energía nos comunicó su intención de jugar unas doscientas partidas a la Playstation 3 con su padre mientras éste se enroscaba las extremidades superiores. Les dejé en el salón negociando. Yo me arrastré a mi cuarto, cerré la puerta y me metí en la cama con un buen libro.

Menos mal que el aniversario no volverá a acaecer hasta dentro de un año, otro como éste no sé si podría resistirlo. Hum… casi que preparamos cenita en casa una vez que Nico se quede dormido.

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OPERACIÓN RIAZA - Domingo de exhibición

Llegaba el final de nuestro fin de semana otoñal. La mañana se levantó tranquila y me invitó a un café. Cuando estábamos todos levantados comenzamos a empacar nuestras cosas en los coches. Los niños querían ir a investigar por los alrededores y si era posible, decirle adiós con las orejas al señor negro. Nico tenía un pequeño lío de nombres con las nenas de Fanny y bastante frustrado con la situación decidió poner en práctica una última ocurrencia. Cada vez que alguien, conocido o no, se acercaba desprevenido, él en justa correspondencia se bajaba los pantalones componiendo un perfecto calvo y por si no había quedado suficientemente claro, a voz en cuello gritaba ¡¡CULITO, CULITO!!

Bajamos a Riaza a buscar a Nadia y asociados. Habían bajado a dar una vuelta a la orilla del río y nos unimos a ellos. Nadia decidió entretener a los componentes más bajitos de la expedición, los cuales se habían concentrado desde el minuto uno en intentar mover un tronco caído que era unas dieciséis veces todos nosotros. Alguno iba a acabar con los dos pies dentro del río si no trágicamente aplastado. Nadia decidió enseñarles a hacer barquitos con corteza de árbol y hojitas como velas. La cosa era echarlos al río y correr en paralelo para ver cual de ellos llegaba primero a un puentecillo que se encontraba a unos veinte metros de allí.

Nico - ¡¡Mamaaaaaá el mío no avanza!!

Nerea - ¡¡Mamaaaaá, Amalia no deja avanzar al mío!!

Nico - ¡¡Mamaaaaaaá el de Amalia se me ha echado encima!!

Lola – Esa no es Amalia, es Nerea.

Nico - ¡¡El barco de Nerea ha hundido el mioooooo!!

Amalia - ¡¡Voy la primera!! ¡¡Voy la primera!!

Cloe - ¡¡Mamaaaaaá, el mío no avanza!!

Nadia - ¡¡Cloe, no te acerques tanto que vas a acabar dentro del río!!

Todos los adultos aplaudiendo - ¡¡¡Bieeeeeen, ha ganado Amaliaaaaa!!!

Nico - ¡¡CULITOOOO, CULITOOOOO!!

Lola - ¡¡SÚBETE LOS PANTALONES, POR DIOX!!

Nadia - ¡Huy qué frío hace, me pongo el abrigo!

Felicitándonos por conservar cuatro niños secos a pesar de haber tentado a la suerte, decidimos continuar con nuestro plan inicial y proceder a la conquista del merendero de Hontanares. Y hacia allá que nos fuimos en los coches. Elegimos la mesa más alejada en varios kilómetros a la redonda y bien cuesta arriba porque era una mesa a la que le daba el sol cuando se apartaban las nubes. Así que cargando con unos setecientos kilos de comida fuimos avanzando a trompicones a través del prado esquivando cacas de vaca humeantes y bien frescas. Al llegar se fueron las nubes.

Nadia - ¡¡Huy, qué calor hace, me quito el abrigo!!

Nico, desde encima de la mesa - ¡¡CULITO, CULITO!!

Lola – Por Diox, ven aquí, exhibicionista en potencia.

Desempacamos todo y cubrimos unas seis hectáreas con todos nuestros enseres. Solo nos faltaba la televisión portátil. Pero lo que no habíamos comprado eran vasos y platos de plástico. Nadia sonrió triunfante – Por algo me llaman Lady Barbacoa – Y se sacó de la chistera una vajilla de plástico completa, incluyendo tazas de café y vasos de cubata. Volvieron las nubes - ¡¡Huyyy, qué frío hace, me pongo el abrigo!! – Añadió.

Entonces Nico declaró que quería hacer pis y a mí no se me ocurrió otra cosa que llevarle detrás de unas zarzas en los confines de nuestros dominios, fuera de la seguridad de la verja de pinchos que rodea la pradera de Hontanares, en el territorio salvaje de las vacas. Además yo también me estaba meando.

Total, que hacia allí nos encaminamos, y yo comencé a buscar una zarza que estuviera bien resguardada de miradas indiscretas. Tan buena era la zarza que cuando le dimos la vuelta nos salió a recibir un hermoso pandero rosado en cuclillas con propietario adosado a él. Nico gritó - ¡¡CULITOOOOO CULITOOOOO!! – . El propietario, un vejete de pelo cano, alzó la cabeza y me espetó - ¿te molesta?-. Yo solo alcancé a balbucear – No he sido yo. Ha sido éste-. Pero sonó a excusa barata porque Nico ya había puesto pies en polvorosa y allí estaba yo, como una estatua de piedra mirando un pandero rosa – ¡¡Qué vergüenza!! – siguió recriminándome el caballero. Y yo pensé – Sí, qué vergüenza y qué dos tortas se va a llevar uno que yo me sé.

Cuando volví Pau, a cuerpo gentil, llevaba de la manita a Nico - ¿Adonde habéis ido? – me preguntó. – Pues en realidad … a dar por saco a un tío – contesté . Él me miró algo confuso y siguió – Bueno, pues mientras tú te diviertes con esos hobbies tan exóticos voy a llevar a Nico al bar que quiere hacer pis -. Yo no daba crédito - ¿Hay un servicio allí arriba? ¡Vamos, no me jodaaaaas!… huuuum… por cierto… ¿no estás aterido de frío? -. Pau siguió caminando – Pues sí, tengo frío, pero reconozcámoslo, hay que contar con el principio básico de que soy muy vago para volverme a por el abrigo-. Yo pensé - Por supuesto, cómo olvidarlo.

Seguí hasta la mesa y conmigo volvió el sol - ¡¡Huyyyyy, qué calor hace, me quito el abrigo!! – nos informó Nadia. Yo la miré y solo acerté a decir - ¿No será la menopausia?-. Me dirigió una mirada asesina – No guapa. El menopaúsico será el tiempo, rica-.

Los niños acabaron de comer y se fueron a jugar a los columpios, los adultos nos sentamos en la terraza del bar al sol para tomarnos un café antes de marcharnos para Madrid. De pronto se me acercó Nico llorando

- ¡¡¡Buaaaaaaaah, la rubita me ha dado en la cabeza con un palo!!!

- ¿Y tú qué le habías hecho?

- Es que la he llamado Amalia y resulta que es Nerea

- ¿Y entonces?

- ¡¡Le he enseñado el culitooooooo!!

- ¡¡DIOX!!

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OPERACIÓN RIAZA – Sábado otoñal

El sábado amaneció oscuro en el camping. El otoño en acción. En acción mutante para ser más exactos. Una extraña mutación de cosas negras salió de mi desagüe para alegrarme la vida cuando accioné el grifo de la ducha del agua caliente. ¡¡DIOX, qué ascazo!! La cañería no tragaba y encima traía invitados a desayunar. Pues íbamos a estar bien apretaditos.

Pau abrió la puerta del minúsculo baño y me encontró chorreando fuera de la ducha, apoyada en la puerta de la mampara, saltando a la pata coja y haciendo esfuerzos sobrehumanos para lavarme la pierna que me sobraba sin que su pie asociado tocase el plato. Todo esto con las manos llenas de cosas: una alcachofa de ducha, una esponja y un gel de baño tamaño familiar.

- Hum. ¿Estás jugando a la zapatilla por detrás, tris, tras? –. Le miré a través de mi flequillo goteante - No. Es que se me ha perdido el centro del equilibrio y me lo estoy buscando… ¡Joder! ¡¡Hay unas cosas asquerosas que han salido del desagüe y ahora están flotando libremente por el plato porque el agua no se va y yo me tengo que lavar los pies!!-. Él se asomó por encima de mi hombro. Miró las cosas. Miró mis pies…- Hum … ¿Y no te convendría más plastificártelos?-.

La mañana también se presentó complicada en la casita de enfrente. Fer fue el primero en levantarse. Se metió confiadamente en la ducha y tras unos minutos de feliz agua caliente… - ¡¡¡¡¡ARRRGHHHHHH!!!! ¡¡¡EL AGUA SALE HELADAAAAAA!!! -. Una vez que consiguieron descongelarle con un soplete, Fanny llamó a la recepción con la intención de que alguien les viniese a echar un vistazo a su caldera. Para ese momento las nenas se habían levantado y saltaban por encima de las camas. ¡¡Toc, toc, toc!!. Amalia, toda feliz descorrió la cortina de entrada y acto seguido pegó un chillido - ¡¡¡AAAAAAH!!! ¡¡¡MAMAAAAAÁ, HAY UN SEÑOR NEGRO EN LA PUERTAAAAA!!!

Eran las ocho de la mañana y como a las doce estábamos todos vestidos… algunos duchados y otros no. Pasamos a por nuestro record Guiness, que nos dieron con ceremonia y todo, y cuando se terminó el calor de los aplausos del público nos montamos en los coches, fuimos a por Nadia y familia, enfilamos hacia el Hayedo de la Pedrosa … y se puso a diluviar. Pero nosotros somos de ideas fijas y siguiendo la máxima de Pau - ¡¡los planes están para cumplirlos!! -, nos aventuramos en el Hayedo.

Todo era muy bucólico. El hayedo estaba precioso, con sus marrones, amarillos y rojos. Las piedras por las que subíamos mojadas y con musgo, y la lluvia arreciando en nuestras cabezas. Yo iba más tensa que las cuerdas de una guitarra tensa temiendo resbalar en las rocas. Me aseguré de que Nico iba de la mano de su padre y me agencié dos paraguas que en lugar de abrir iba clavando en el suelo y hasta que no los tenía bien seguros, no me decidía a dar el paso siguiente. En unos minutos el resto de la expedición desapareció de mi vista montaña arriba. Oía exclamar a los niños:

- ¡¡Haaalá, una seta gigante!!

- ¡¡Pues a lo mejor vive debajo un gnomo!!

- ¡¡Pues no, que en las setas viven los pitufos!! ¡¡Los gnomos viven en los troncos de los árboles!!

- ¡¡Pues te destrozo la seta, lista!!

- ¡¡¡¡Mamaaaaaá, que Nerea ha roto la setaaaaaa!!!

- ¡¡DIOX, no rompáis las setas, que como sean especies protegidas nos van a arrear un multazo!!!

- ¡¡¡Mamaaaaaaá hemos llegado al final de las piedras!!!

- ¡¿Y qué hay detrás?!

- ¡¡Otras piedras más grandes!! ¿Seguimos? ¿Podemos escalar?

- ¡¡Ni se te ocurra!!

A los pocos minutos un tropel de niños me rebasó corriendo montaña abajo. Temiendo por la integridad física de Nico me volví deprisa sobre la roca mojada en la que estaba - ¡¡Nico, dame la mano, no vayas a caerte!!!. Entonces sentí que mis suelas de goma abandonaban el suelo resbaladizo, tuve el suficiente tiempo para poner los codos antes que mi espalda … y fui a dar con mis huesos en las santas piedras todo lo larga que era. Me costó recuperar la respiración, que se sentó a mi lado observando admirada la puntería del tronco de haya que me había hecho trizas los riñones. Debía de ser el de los puñeteros gnomos que a esta hora estarían partiéndose la caja a mi costa.

- ¡¡MAMÁAAAAAAAA, LOLA CASI SE DESNUCAAAAA!!

Viendo que estábamos todos aún enteros y no queriendo tentar más a la suerte nos volvimos al pueblo a tomar el aperitivo correspondiente, al cual los adultos hincamos el diente poco o nada pues enseguida entendimos que lo que llevábamos con nosotros no eran niños, eran unas limas disfrazadas. Cuando los nenes se habían metido para el cuerpo cuatro tapas y dos raciones, nos fuimos a casa de Nadia a comernos un cordero. Desde allí llamé a la recepción del camping para que alguien se pasase a desatascarnos el desagüe de la ducha, pero me dijeron que hasta que no estuviésemos alguno en la casita, no iban a enviar a nadie.

Cuando acabamos de comer terminó también de llover, y milagrosamente, en la hora siguiente se secó bastante el firme, así que decidimos seguir adelante con nuestros planes de jugar al pádel, pero para que nos pudiesen desatascar las cañerías en el ínterin, decidimos jugar en la pista del camping. Y para allá nos fuimos todos. Saúl no quería jugar al pádel, él vigilaría a los niños mientras retozaban por ahí cual cabras, y a mí me hacía mucha más ilusión jugar que a Pau, así que decidí que sería él quien se quedaría esperando al de mantenimiento. No fue fácil vencer su resistencia…

Pau - ¿Y por qué no lo dejamos? Total, puedes lavarte a la pata coja…

Yo - ¡¡¡¡Porque hemos pagado a 40 euros la noche como para no estar a gusto!!!

Pau - Pero es que va a ser peor el remedio que la enfermedad, perder el tiempo con esto…

Yo - ¡¡¡¡Pero vamos a ver!!!! ¿O sea, que cuando tenemos un problema lo mejor es escondernos debajo de la cama, coño?

Pau - Pues bueno, pero si tarda dos horas en arreglarlo luego no me digas que no nos da tiempo a cumplir la apretadísima agenda con los planes que habéis hecho

Yo - ¡¡¿Pero cómo coño va a tardar dos horas en desatascar el desagüe?!! ¡¡A lo mejor no es tan torpe como otros arreglando radiadores…

En esto Nadia asomó la cabeza a través de la ventana - ¿Nos vamos ya? -. Y Pau con la voz más quejumbrosa que pudo encontrar dentro de su cuerpo contestó - ¡Yo es que no puedo, porque como me tengo que quedar aquíiiiii…! -. Nadia volvió a intentarlo - ¿Cuándo acabemos llevamos a los niños a un sitio de bolas? -. En ese momento Pau alcanzó registros inusitados dentro de la martiriología popular - Hum. Yo no sé si podré… porque como tengo que quedarme esperandooooo…. -. Nadia no se amilanó - ¿Cuándo acabemos nos tomamos un chocolate caliente en la cafetería del camping? -. Y se encontró con Pau a punto de firmar con los estudios Universal un contrato a cinco años - Yo no. Es que yo me quedo aquí hasta que arreglen estoooo… -. Ahí se me terminó de hinchar la vena del cuello -¡¡Joder, Pau, pues cuando acabe el negro!!-. En ese momento tocaron a la puerta ¡Toc, Toc! y se oyó decir a Nico - ¡¡¡¡MAMÁAAAAAAA, HAY UN SEÑOR NEGRO EN LA PUERTA!!!!!!! -. ¡¡¡¡DIOXXXXXX!!!!

El pádel acabó bien, nadie salió herido. Y cuando llevábamos media hora de partido, apareció Pau muy contento. El señor negro había hecho un buen trabajo. Nos tomamos el chocolate caliente y los niños disfrutaron de la piscina de bolas. A las nueve y media volvimos a casa de Nadia donde preparamos comida para unas setecientas personas que no se presentaron a cenar. Nadia sudaba con tanta gente en su cocinita, pero cuando se le pasó el ataque de ansiedad pudo disfrutar tanto como los demás. Al final todos los niños se nos quedaron dormidos distribuidos por los sitios más variopintos de la casa y hubo que anular la última de las entradas de la agenda, que se fue a acostar muy ofendida. Nadia también quedó afectada ante la eventualidad

– Jooooooo. ¡¡Pues yo quería jugar al Monopoly!!

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OPERACIÓN RIAZA - Viernes de pasión

No había llovido en las dos semanas anteriores. Tampoco llovió durante la semana laboral. Pero fue llegar el viernes de nuestro fin de semana en Riaza y presentarse el diluvio en persona. Venía muy elegante y se sentó en el asiento del copiloto, entre la bolsa de los aguacates y la del queso cheddar. No hubo manera de convencerle para que abandonase el coche y, ya que estábamos, la meseta central a ser posible. Al final me tuve que marchar al asiento de atrás y colocarme junto a Nico haciendo a un lado las palas de pádel. Las palas me miraron con hastío y exhalaron un bufido molesto antes de acomodarse de nuevo y volver a dormirse. Nico las imitó al microsegundo. Y así comenzó nuestro viaje, diluviando y con tres palas y un niño roncando a coro.

Eran las seis de la tarde pero estaba negro como boca de lobo y el atasco nos vino a recoger a la puerta de casa. Estaba ansioso por vernos. La lluvia nos caía a saco. Después de invertir unos veinte minutos en llegar a la entrada de la M-30 vimos que estaba cortada y ésa era la razón de que el atasco hubiera venido tan amablemente a nuestro encuentro. Había un río. Y juro que por la mañana no estaba allí. El nuevo río cubría de parte a parte la carretera con una profundidad de varios codos. A su alrededor un grupo de operarios del Ayuntamiento de Madrid no hacían nada. Solo miraban con las manos en los bolsillos. No sabemos si habían mandado a alguien a que bajase buceando al fondo para poner el tapón o si estaban modificando los mapas de la región para incorporar el nuevo caudal al sistema orográfico, pero miraban el agua con una atención tal, que alguno debió de hacerse daño en el cuello. Les faltó romper a aplaudir y jalear a la corriente. A nosotros sin embargo nos faltó espacio para dar la vuelta y volvernos a casa.

¡¡Ring Ring!! Llamada de Nadia.

Nadia: ¡¡Ya estamos en Guadalix de la Sierra!! Vamos a parar y a hacer un poco de compra ¿Por dónde vais vosotros?

Yo: Está cayendo la de Diox. Estoy a veinte metros de la entrada no inundada a la M-30. Dile a Fanny que se vaya por Colmenar que esto no pinta nada bien.

Nadia: ¡¡Vale, luego te llamo!!

¡¡Ring Ring!! Llamada de Nadia.

Nadia: ¡¡Ya hemos hecho la compra y salimos a la carretera. Aquí ha empezado a llover un poco!! ¿Qué tal vais?

Yo: Hemos avanzado veinte metros. Esto es el diluvio universal.

¡¡Ring Ring!! Llamada de Nadia.

Nadia: ¡¡Hemos llegado a Riaza!! ¿Qué tal vosotros?

Yo: Hemos avanzado otros veinte metros. Aquí va a haber ahogados, te lo juro.

¡¡Ring Ring!! Llamada de Nadia.

Nadia: ¡¡Voy a ir bañando a la niña!! ¿Por dónde estáis?

Yo: Hemos avanzado otros veinte metros. Mira, no me llames más porque estoy a punto de tirar el móvil por la ventanilla. Te juro que si no lo he hecho ya es porque tengo echado el cierre de seguridad y no puedo bajar el cristal. Cuando lleguemos a Riaza te llamo yo.

Después de hacer en cerca de tres horas un trayecto que en condiciones normales nos habría llevado una hora y cuarto, llegamos a Riaza. Ya no llovía. El diluvio se había despedido de nosotros en el puerto de Somosierra. Nos agradeció la tapa de queso cheddar que se había metido entre pecho y espalda y nos dijo adiós con las orejas prometiendo pasarse a saludar a la mañana siguiente – ¿Pero por qué se molesta? – dijo Pau.

Llegamos a las nueve al camping de Riaza. Pero por la luz que disfrutábamos habrían podido ser las tres de la madrugada perfectamente. Nos dieron las llaves del bungalow 2 y unas instrucciones muy precisas de dónde se encontraba el susodicho dentro del recinto. Y allí que nos fuimos. Siguiendo fielmente las instrucciones. Tres rotondas y la tercera casita detrás de los baños. Hubiera sido de género tonto haber hecho otra cosa. Aparcamos el coche donde nos habían indicado y salimos con la llave. La introdujimos en la cerradura. Y la cerradura nos hizo un corte de mangas. La llave no abría y no se veía nada en absoluto. Eso sin quitarle méritos al frío que disfrutábamos. Pau se acercó a por la linterna que guarda en el coche y comenzó a darle cuerda.

¡¡RING RING!! ¡¡ARRRRRGGHHHH!! ¡¡DIOOOOOX, QUÉ SUSTO!! Llamada de Nadia.

Nadia: ¿Pero donde estáis? No nos van a dar de cenar en ningún sitio

Yo: Pues buscando el bungalow

Nadia: ¿Es que se os ha perdido?

Yo: Pues te va a extrañar, pero esa es la explicación más plausible hasta el momento. La llave que nos han dado no abre la casa que nos han dicho y aquí no se ve nada.

Nadia: ¿Ha llegado Fanny?

Yo: Ni idea. Pero te aseguro que por aquí no se la ve.

Pau mientras tanto iba probando una a una todas las casitas de la manzana sin éxito ninguno – Hum – dijo él apuntando la linterna a las llaves. Salía humo de su boca y se cristalizaba en el aire – Aquí hay algo raro. Porque la chica nos hablaba del bungalow número 2 y en las llaves pone clarísimamente un 7.- Ahí, dando muestras de una rapidez de pensamiento sin igual, aporté yo – Pues vamos al bungalow número 7 y probamos -. A lo que Pau respondió – Sí. Más quisieras. Las casitas no están numeradas. Esto parece una peli de terror.- Yo le miraba ir probando casitas sin éxito y se me ocurrió decir – Anda, que como haya alguien en alguna durmiendo y encima piense que le estamos allanando la morada… - Me callé a la vista de la mirada asesina que me dedicó.

Al decimoquinto intento, coincidiendo además con que yo ya estaba metida en el coche para acercarnos de nuevo a la recepción del camping, Pau dio con la casita que hacía juego con nuestra llave. Movimos el coche a la parcela adecuada, despertamos a Nico y comenzamos cada uno con nuestras tareas, Pau a descargar cosas, Nico a saltar en las camas y yo a intentar descifrar el complicadísimo algoritmo de los radiadores. No hubo manera. Tres radiadores en tres habitaciones, cada uno en una posición distinta y allí no se encendía ni un piloto ni ninguna otra señal que demostrase que había habido vida inteligente (o de cualquier otra clase) nunca jamás en alguno de ellos. Llamé a recepción y quedaron en enviarme a alguien enseguida para ayudarme.

Me metí en una de las habitaciones y comencé a deshacer las bolsas de viaje. Y de pronto oí a Pau gesticulando y gritando a la puerta de entrada separando mucho las sílabas - ¡¡ESTA… ES … NUESTRA… CASITA!! ¡¡ES… QUE… NOS… DIERON… UNA… LLAVE… EQUIVOCADA!!.

- ¿Pero qué haces? – Pregunté yendo hacia él. En la puerta de cristal se podía ver a un más que probable senegalés, tamaño armario ropero, haciendo señales a Pau para que abriese la puerta. Solo se le veían los ojos y los dientes. – Es que creo que quiere que le demos esta casita aunque la llave es la nuestra.- Me dijo. – Joder, Pau, que es el de mantenimiento, coño.

El muchacho en dos segundos nos encendió los radiadores que en realidad tenían un funcionamiento muy sencillo y bastante previsible. Yo tomé nota mental de hacerme mirar mi lerdismo porque aquello no era normal. Entonces llegó Fanny con su familia y con bastantes menos eventualidades que nosotros, desembarcaron, tomaron posesión y nos fuimos a cenar al Plaza como habíamos planeado.

Allí se nos unieron Nadia y su familia también. Todos estábamos hambrientos y los niños además bastante cansados. Pedimos la cena y Amalia, la nena mayor de Fanny, no le quitaba ojo al camarero que estaba de buen año. Luego se decidió por un acercamiento en formato pregunta mamporrera - ¿Oye, tú trabajas aquí?. – Sí, bonita – Dijo el camarero bajando la guardia. Entonces ahí aprovecho Amalia para asestar el golpe - ¿Y de cuánto estás embarazado?.- ¡¡Diox!! pensamos todos mientras Fanny roja como un tomate propinaba una buena regañina a la nena.

Con un camarero enfurruñado, varios kilos de más pues nos habíamos trasegado unas judías blancas a pachas y una niña dormida, terminamos nuestro primer día en Riaza. Habíamos cumplido al pie de la letra la agenda establecida. Aunque solo uno de los niños se había bañado. La agenda estaba bien orgullosa y nosotras también. Nos fuimos a dormir con la tranquilidad que da el deber cumplido y el cansancio de tener que aparcar fuera del camping, porque cerraban la puerta principal a las once de la noche, y llevar cargando a una niña de veinte kilos en estado semi-comatoso a lo largo de tres rotondas y media manzana. Ni una residencia de estudiantes del OPUS tiene esos horarios, coño.

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OPERACIÓN RIAZA - Fase Preparatoria

Un día cualquiera en el que el sol entraba a raudales por las ventanas de la cafetería, Fanny, Nadia y yo, decidimos poner en peligro nuestra amistad. Nos iríamos juntas de fin de semana con nuestros agregados a Riaza. Ahí. Arriesgando. Ya sabes lo que se dice, lo que no mata, engorda. Y nosotras nos planteamos volver de Riaza con dos o tres kilos de más. Lo conseguimos gracias al cordero asado y al cochinillo churruscado. Ahora no entro en ninguno de mis pantalones. Mis pantalones por su parte, han decidido en votación a mano alzada, esconderse debajo de las camisetas y hacerse los muertos en cuanto pongo un pie en el cuarto ¡¡¡¡ARRRRGHHHHH!!!!

Nos decidimos por Riaza porque Nadia tiene un apartamento allí y el entorno es idílico. Nadia quería que planificásemos. El problema es que habíamos ido a coincidir tres mujeres del tipo hipercontrolador. En mi caso además bastante vaga. El resultado fue que planteamos una estrategia que ni la toma de Alburquerque. La toma de Alburquerque se pasó a cotillear por si podía aprender algo y se fue con varios cuadernos de apuntes. La cosa es que planeamos nuestro fin de semana al dedillo, sin dejar resquicio a la imaginación. Nos llevó un mes y medio. Literalmente. A primeros de septiembre Fanny y yo llamamos para reservar sendos bungalows en el camping de Riaza y la fecha del evento era mediados de octubre. Queríamos ver el otoño y sus hojitas in situ. Desenfundamos los bolígrafos y empezamos a planificar. El Messenger amenazó con desinstalarse de nuestros ordenadores desde el mismo instante en que el humo se vio salir de nuestros teclados… como a los diez minutos de comenzar.

La primera decisión importante a tomar fue la filosofía de convivencia que mejor se adaptaba a nuestras necesidades. A mí me gustaba la opción lapa. Esto es, hacer todo juntos incluyendo el desayuno a las ocho de la mañana en casa de Nadia con todos los niños y chocolate con churros. Nadia comenzó a sudar a chorros pelín agobiada. Cuando mi amiga ya corría escaleras abajo huyendo despavorida, transigí con que el desayuno lo hicera cada mochuelo en su olivo y que Diox se presentase en el que más le apeteciera. Por si acaso resultábamos elegidos apunté mentalmente llevar Nesquik de sobra.

Primero le tocó el turno al viernes. Pensamos en llegar a Riaza, darnos de alta en el camping e ir a cenar a un restaurante encantador en Fresno de Cantespino. Estooooo, más bien lo imaginamos encantador pues Fanny y yo jamás pudimos dar fe de esta afirmación. Por la sencilla razón de que después de semanas llamando a un móvil que supusimos del dueño y dejando mensajes en el contestador automático, no obtuvimos ninguna respuesta. Decidimos que o bien se le había hundido el negocio o bien se le había perdido el teléfono.

En cualquiera de los casos lo que no teníamos nosotras era resuelta la cena del viernes. Y lo que sí juntábamos entre todas eran tres maridos tipo tú-no-tienes-un-estómago-sino-un-pozo-sin fondo y cuatro niños en edad de crecer. Sospechábamos que no les iba a valer con respirar el aire puro de la montaña. A dos días de nuestro viaje se mascaba la tragedia. Nadia además se dedicó concienzudamente a hacernos una bola con ella en la boca. Bien grande. Porque tras investigar en la red le propuse uno a uno, cerca de treinta y cinco restaurantes en la zona de Riaza, y uno a uno los fue rechazando eligiendo entre alguna de las siguientes opciones: a) Demasiado caro b) Demasiado lejos c) Se come normalito d) Se come bien, pero lo que hacen allí, lo podemos hacer nosotras en casa. Casi me la como yo a ella. Tremendo.

Tras hacerle entender que la gracia de la cosa era no tener que hacerlo nosotras en una casa, la convencí con el primero de los restaurantes que le había propuesto, el Plaza, sito en la mismísima plaza de Riaza como su propio nombre parece indicar. A mi lista de restaurantes le dio un ataque de risa y hubo que darles a todos ellos un vasito de agua a la vista del atragantamiento masivo. La última cuestión espinosa vino y se plantó en medio de nosotras si previo aviso - ¿Y cuándo bañamos a los niños? – La parte vaga que me recorre el cuerpo entero salió presta a contestar – Las vuestras no sé pero el mío va limpio de serie. Como los chorros del oro, vamos.

El sábado quedó tan ajustado que íbamos a tener que ir corriendo a todas partes para poder llevar a cabo el plan de actividades. Por la mañana después de desayunar, Nadia y Saúl encargarían un cordero para asar en una de las panaderías del pueblo. Después excursión al Hayedo de la Pedrosa. A las dos y media aperitivo en el pueblo. A las tres ir en búsqueda del cordero asado y llevarlo a casa de Nadia. Una vez allí, comida de los niños, comida de los mayores y sobremesa. A las seis partido de pádel. A las ocho piscina de bolas para los niños. A las nueve y media cena de los niños. A las diez cena de los mayores. Sobremesa y Monopoly. Arf, arf, arf.

El domingo no le fue a la zaga. Al levantarnos debíamos preparar tres tortillas y empanar 20 filetes de pollo. Irnos a comer de excursión a Hontanares. Y por la tarde, café y vuelta a casa. De esta manera, tras semanas de discusiones, la agenda quedó bien apretadita a la altura de la cintura. De resultas de todo aquello, la agenda pasó a tomar el sobrenombre de Escarlata O´Hara y no respondía si nos dirigíamos a ella de otra manera. De todas maneras cuando iba llegando el día, Nadia se negó en redondo a que en su cocinita minúscula nos pusiéramos todas a cocinar tortillas y a empanar filetes. No soporta los codazos en los riñones cuando intenta picar cebolla. Qué floja.

Fanny por su parte seguía su propia senda para alcanzar el nirvana preparatorio. Había decidido que sus dos nenas necesitaban urgentemente unas botas para la estancia en Riaza. Además tenían que ser el mismo modelo y color para las dos niñas. Fanny es muy suya para las simetrías. Las botas le salieron al encuentro en un Zara cualquiera. Eran muy monas y hacían más ojitos que las protagonistas femeninas de un manga japonés. Fanny se lanzó en picado hacia ellas pero oooooooh, campos de soledad, oooooooh, tristes collados… había número para Nerea, la menor, pero no había 33 para Amalia. Fanny preguntó a las dependientas, pero no le dieron razón ni sabían si volverían a traerles el modelo.

Fanny decidió afrontar. Cogió las llaves del coche y en varios días se recorrió los cincuenta Zaras más cercanos a su casa incluyendo uno de Getafe. Y Fanny vive en Aravaca. Nada, el 33 no aparecía por ninguna parte. Fanny revisaba los periódicos también por si saltaba alguna noticia sobre botas del número 33 en manifestación huyendo a alguna provincia con mar o algo así. Ni rastro. Por si acaso compró unas del número 34, pero claro, le hacían de zueco a la niña. Eran botas y las iba perdiendo. Se hizo una lista de Zaras y teléfonos, e implantó una rutina. Cada mañana al llegar al trabajo después de llamar a su madre, llamaba a todos los Zaras preguntando por las botas. La misma respuesta – No. No nos han venido más -. Y por fin, dos días antes de irnos de fin de semana ¡¡Milagro!! ¡¡Habemus botas!! … en el Zara de Alcorcón.

Fanny echó la tarde yendo a por el único par de botas del número 33 que había en la tienda. Y al día siguiente recibió un par de cientos de llamadas de todos los Zaras de Madrid para comunicarle que había llegado el número. Sospechosamente todas las botas llegaban bien relajaditas y con buen color:

Dependienta - ¡Hola! Tenemos ya el número 33 en la bota campera marrón que le interesaba.

Fanny – Ay. Lo siento. Ya me llamaron ayer del Zara de Alcorcón y me acerqué a por ellas.

Dependienta – Humm. ¿Y cuantas niñas tiene con ese número?

Fanny - ¿Cómo? Pues una…

Dependienta - ¿Y cuantas piernas tiene la niña?

Fanny - ¡¡DIOX!!

En fin. No se llegó a mayores. Terminaba la planificación estratégica de la Operación Riaza y comenzaba su ejecución. Nadie resultó herido.

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CAMBIO DE ESTACIÓN

Con la llegada del otoño ocurre otro evento que sigue a la caída de la hoja, esto es, la revisión de la ropa de invierno de los niños. Los pantalones del año pasado se contonean sin rubor enseñando los tobillos y obscenamente te muestran a qué han dedicado su tiempo libre en verano … básicamente a cortarse las perneras y dejarles un largo a la altura de la rodilla. Para llevar al niño al cole no servirán, ahora bien, puedes planear un domingo de pesca en familia sin ningún complejo.

PantalónReconociendo muy a pesar mío que Nico tendría que ir vestido al colegio, a poder ser con unos pantalones cómodos y que no provocasen codazos entre el resto de pantalones de sus compañeritos, tomé una decisión arriesgada, esa misma tarde haríamos una incursión en mi Prenatal preferido sito en la calle Orense. Normalmente nos hacen la ola cuando entramos porque cada vez que vamos nos llevamos de diez a doce kilos de ropa. El niño irá a colegio público, sí, pero yo para los pantalones de franela soy muy mía.

Salimos de casa a las siete de la tarde. Nico no quería ir de compras así que se declaró en huelga. Al microsegundo de rozar la silla del coche se durmió. Casi me asusté. Después de comernos un atasco del quince aparcamos en el Corte Inglés de Castellana, montamos al nene en el carrito de emergencia que siempre llevamos en el maletero y nos dirigimos a los ascensores. Nico hacía esfuerzos sobrehumanos para permanecer dormido, esto es, guiñaba los ojos con tal ímpetu que temí que alguno se le saliese de las cuencas.

Sin más llegamos a la calle Orense, al bloque comercial donde se suponía que estaba el Prenatal, pero ¡ooooh, campos de soledad! ¡ooooh, tristes collados! … en lugar de un Prenatal había un Bershka. Nico es todavía muy joven, cinco años, y la ropa de adolescente lujurioso no le iba a quedar. Tardé en asimilar que el Prenatal ni estaba allí ni se le esperaba.

Pau nos apartó a un lado para no ser arrollados por la tromba humana que bajaba por la calle y me dijo – Anda, coge tu móvil y busca en internet donde está el Prenatal más cercano -. Comencé a apretar botones como una posesa y de pronto me percaté de que todo a mi alrededor olía a rayos fritos - ¡¡Joder, Pau, nos has colocado al lado de un contenedor de basura!! ¡¡¡¡Arrrggghhh, pero qué ascazo, Dioxxxxxxx!!!!!.

A trompicones nos retiramos a un arbolito cercano, había un chucho de alto standing que nos quiso reclamar la propiedad y al que no hicimos ni caso. En justa correspondencia se intentó mear en la rueda de nuestro cochecito pero éste sacó el McLaren que lleva dentro y le arreó una patada que lo disuadió del intento y casi de seguir vivo. Nosotros hicimos como que no nos enterábamos de nada y miramos para otro lado. De esta manera pasamos a tomar posesión de nuestro alcorque recién conquistado y pude continuar con mis pesquisas por la red.

Mi búsqueda dio resultado, pero poco. Encontré una noticia en la cual se anunciaba el traslado del Prenatal de Orense a General Moscardó, mas no especificaba en qué número de la calle. Estábamos a un paso de la susodicha, así que comenzamos a andar, y cuando llegamos a ella comenzamos a otear a derecha y a izquierda. Lástima de prismáticos. Ni rastro de Prenatal alguno. Además, todas las tiendas comenzaban a cerrar. Yo quería volverme a casa. Sin embargo Pau lanzó lo que pasó a ser su grito de guerra de esa noche – Los planes están para cumplirlos – dijo. Y se quedó tan a gusto.

Miré a mi alrededor y detecté por estribor a un grupo de seis ancianas rubias platino y muy arrugaditas que debían de acumular entre todas la nada despreciable cantidad de 700 años en canal. Habían estado tomando un chocolate caliente y con el subidón de feromonas se habían tirado a la calle, casi literalmente, a dar un paseíto. Se iban agarrando unas a otras y entre todas conseguían un cierto equilibrio inestable.

Me acerqué a ellas - Hola. ¿Son ustedes de por aquí? – pregunté. La Anciana Número Uno me contestó mirándome a través de sus ojillos acuosos – Sí, somos de por aquí. Yo vivo cerca del Corte Inglés –. Me fijé y estaba señalando en la dirección exactamente opuesta al mencionado gran almacén. La Anciana Número Dos la arrancó de mi lado diciendo – No le hagas ni caso. Está senil. ¡¡Sagrario, que el Corte Inglés está a nuestras espaldas!! -. Número Uno parecía confusa – Hummm. ¿Ah, sí? -. Tragué saliva. Preví que aquello me iba a costar parte de mi salud, si no toda.

- Estoooooo. ¿Sabrían ustedes dónde está el Prenatal de la calle General Moscardó? – seguí intentando. Anciana Número Uno tomó la delantera – La calle General Moscardó está por aquí cerca… -. Yo suspiré. Anciana Número Dos irrumpió de nuevo - ¡¡Cállate, Sagrario!! ¡¡Ya estamos en la calle General Moscardó!! ¡¡Has vivido en esta calle setenta años!! -. Mi mente añadió un “¡¡¡Dioxxxx!!” a todo el diálogo. – Ah, pues si estamos ya en General Moscardó el Prenatal que buscáis está a la izquierda – volvió a aportar Número Uno. Número Dos estaba ya fuera de sí - ¡¡Que no, Sagrario, que está a la derecha!! ¿Y sabes por qué lo sé? Porque quitaron Tiernos Infantes para poner el Prenatal. Yo les compraba la ropita a mis bebés en Tiernos Infantes… -. Intuyendo que ahora tocaba una escena tipo batallita me despedí tan educadamente como pude y huimos cobardemente – Pues muchas gracias. Vamos a ir hacia allí deprisa porque nos van a cerrar-.

Echamos a andar hacia la derecha, y después de un cuarto de hora caminando llegamos a General Perón. Ni rastro de Prenatal. Di un bufido – ¡¡Quién me mandaría a mí tratar con dementes!! –. Volvimos sobre nuestros pasos y recorrimos en sentido contrario la calle. Por fin dimos con el Prenatal. Y el Prenatal nos dio con la puerta en las narices sin ningún miramiento. Habíamos llegado cinco minutos después del cierre.

Totalmente descorazonados volvimos al Corte Inglés. Nico seguía durmiendo y Pau se negaba a volver a casa sin al menos siete pantalones de franela de talla cinco. Nos dirigimos a la planta infantil. Cuando llegamos allí casi nos ahogan los pantalones de franela. Los había a cientos y se nos tiraron al cuello nada más poner el pie en la planta.

Yo estaba un poco molesta porque me parecían más feos que los de Prenatal y no quería comprar ésos, quería esperar y volver a intentarlo. Pero Pau se empeñó y empezó a traerme pantalones a cual más espantoso, marrones con una cinta naranja a modo de cinturón, verdes con una cinta amarilla, negros con una cinta roja… Yo pensaba – “¿Pero por qué coño les han añadido las cintas? ¿Para que nos ahorquemos con ellas antes de seguir sufriendo?”-.

Y entonces sucedió, Pau anunció todo contento - ¡¡Ya tengo el séptimo!! – mientras me tendía unos espantosos pantalones grises de chándal. Y acto seguido empezamos a forcejear con los pantalones. Yo trataba de devolverlos a su lugar de origen y Pau intentaba por su parte unirlos a nuestra pila:

Yo - ¡¡Ésos no, que son muy ….. humm.. feos!! ¡¡Suéltalos!!

Pau - Pues no les pasa nada, así que nos los llevamos ¡¡Suéltalos tú!!

Yo - ¡¡Pues no nos los llevamos porque a mí no me gustan!! ¡¡Que los sueltes!!

Pau - Bueno, pues nos los llevamos por si acaso. Por si en algún momento nos quedamos sin pantalones.

Yo - ¡¡Que no, joder!! ¡Que no nos los llevamos! ¡Que se harán fuertes en el armario!¡Que me ocupan espacio y además eres capaz de ponérselos! ¡Que son gris yoncarra! ¡¡Que sueltes los pantalones!!

Pau - ¡¡Que no los suelto!! Son gris crudo. Gris que a algunas piradas les parece gris yonqui ¡¡Pero si tú tienes unos pantalones de chándal exactamente de ese color!!

Yo - ¡¡Pero no los saco de casa, coño!!

De pronto me di cuenta de que había división de opiniones en la planta infantil. Media planta nos jaleaba mientras hacían apuestas sobre si nos íbamos a llevar los pantalones a pedazos o enteros, y la otra media hacía esfuerzos heroicos por evitar nuestro pasillo. A regañadientes puse los pantalones gris yonqui en nuestra pila y ellos extendieron los brazos en señal de triunfo para hacer a continuación el baile de la batidora. Era su momento de gloria y lo estaban disfrutando.

Una vez que hubimos pagado y tuvimos a nuestra pila de pantalones bien acomodada y distribuida en distintas bolsas, volvimos al ascensor para bajar al parking. Mientras estábamos esperando se acercó una embarazada con otro carrito y un tercer grupo de varios jóvenes perfectamente capacitados para andar. Llegó el ascensor y el grupo de jovenzuelos se coló el primero dejándonos sin espacio a los dos carritos y a la embarazada. Yo iba ya calentita – ¡¡A ver, seres con ojos, un poco de civismo!! -. Les pillé desprevenidos porque se salieron del ascensor un tanto sorprendidos y nos metimos nosotros.

Cuando llegamos al parking Pau me dijo – Estooo, ejem, consúltame las cosas que vayas a gritar al personal cuando vaya contigo, ya que si los “seres con ojos” hubieran resultado de mal carácter, soy yo el que se hubiera tenido que dar de tortas con ellos, mona -.

Al llegar al coche Nico se despertó - ¿Me he portado bien? ¿Me habéis comprado un juguete? -. Aquella noche no se durmió hasta las dos de la mañana, eventualidad que aproveché para esconder los pantalones grises en las profundidades de su armario con una baraja. Con un poco de suerte pasan allí el resto del invierno jugando al mus.

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QUÉ TARDE LA DE AQUEL SÁBADO

El sábado por la mañana se presentaba prometedor. Entró por la ventana contoneándose remolón y oliendo a café recién hecho con tostadas. No contaba yo con la injerencia del Cromosoma Y que vive en mi casa y que es especialista en complicarnos la vida. Ni que hubiera formado parte del equipo de gobierno de Bush hijo.

RadiadorTenemos unos toalleros que esperan a ser colocados en el baño grande desde hace seis años. Exactamente los años que hace que nos mudamos a nuestra casa actual. Los toalleros están perfectamente colocados y almacenados en sus cajas ocupando espacio debajo del mueble del baño y tienen su vida hecha: mandan a los niños al cole y salen al parque a hablar con las vecinas. Una vida perfectamente predecible.

Sin embargo, Pau se compró hace un año una broca para mármol y aunque nos había salido pro-activa y cada vez que Pau se asomaba a la caja de las herramientas, la broca le ponía ojitos, solo se dignó a probarla hace una semana, cuando tras una excursión a Ikea se acordó de que también teníamos hace seis años una lámpara tipo camerino que también vive en el baño grande, y juega al mus todos los viernes tarde con los toalleros. La lámpara se molestó. Llevaba una mano buena. Pero Pau fue implacable. Se puso las zapatillas de deporte viejas, organizó unos cartones para recoger el polvo pegándolos estratégicamente a la pared con esparadrapo, y allí se metió taladradora en mano. Lo malo es que Nico, nuestro nene de cinco años, no soportaba el ruido y rompió a llorar al segundo agujero - ¡¡¡¡BUAAAAAAAAAAH!!!!! ¡¡¡¡Sécame las lagrimitas!!! ¡¡¡¡¡Tengo mooooooooocooooooooos!!!!

Con esta experiencia quedaron demostradas tres cosas: a) que la broca para el mármol era perfectamente capaz de hacer agujeros en el mármol tal y como su propio nombre indica b) que si queríamos seguir haciendo agujeros tendría que ser sin Nico en casa y c) que tendría que pasarme por el supermercado a comprar más kleenes.

Este sábado decidimos afrontar. El plan era el siguiente: yo me llevaba a Nico a pasear por ahí durante dos horas y Pau pondría los toalleros. En total cuatro agujeros. Parecía un tiempo más que prudencial para poner tres toalleros que además tenían pinta de no tener media torta en caso de expresar alguna reticencia.

Por fin conseguí arrancar a Nico del sofá y de la Wii para bajarnos a la calle. En éstas estaba cuando me llamó mi prima y quedamos en que se viniesen ella y sus agregados a pasar la tarde a casa. Como a las seis llegarían. Decidí que no solo me proveería de kleenes en el super, sino que añadiría a la lista unas pizzas para la cena. Cogí a Nico de la manita y nos fuimos.

Hacía buen sol y la urbanización estaba tranquila. De sábado por la mañana, básicamente. También saqué pista de padel para echar un partidillo cuando llegasen. Y comenzamos nuestro paseo. Nico iba feliz como una perdiz hacia nuestra juguetería favorita a comprar un regalito para el cumple de un compañerito de clase. Y de repente empecé a verme envuelta en bolsas: el regalo, dos juguetitos para Nico por haberse portado bien en el paseo, varias revistas del quiosco, y una bolsa de patatas que tenía que llevar con dos dedos porque Nico quería comer patatas pero no portar la bolsa. De esta guisa me paseé por todo mi barrio y aledaños. Además nos sobraban las chaquetas, el sol pegaba bien y no podíamos deshacernos de ellas porque básicamente yo no tenía más manos y no esperaba a corto plazo que me saliesen más.

Sudando como pollos llegamos al supermercado. El supermercado lo eligió Nico porque todos los sábados por la mañana tienen cata de quesos y dejan algunos pedacitos a probar en un platito blanco, eventualidad que él aprovecha para ponerse ciego a queso. Lo que tiene este supermercado además son unas taquillas donde dejar las bolsas que no puedes introducir en la tienda. A una de éstas fueron a parar los regalos, juguetes, patatas, revistas y demás familia mientras hacíamos la compra. Me guardé la llave en el monedero.

Nico cogió una cesta con ruedas y a toda pastilla se dirigió a la zona de quesos. Pero oooooooooh, los pedazos de prueba se habían acabado, solo estaba allí el plato blanco, vacío, que ya que tenía las manos libres nos dirigió un corte de mangas. Nico rompió a llorar - ¡¡¡¡BUAAAAAAAAH!!!!! ¡¡¡Sécame las lagrimitas!!!! ¡¡¡¡¡Tengo mooooocooooooooooos!!!! -. Después de pasar el platillo entre todos los que nos habían hecho corro para disfrutar del espectáculo, continuamos nuestras compras por el supermercado. Lo cual significó básicamente, meter por mi parte en la cesta dos pizzas e ir sacando de la susodicha todo lo que iba metiendo Nico, esto es: dos paquetes de cereales de chocolate que traían una armónica de regalo, dos docenas de yogures de fresa y un oso de peluche tamaño natural que te regalaban si comprabas una marca de papillas. Nico se enfadó y me acusó de ir sacando lo que él metía. Tuve que transigir con los yogures sobre todo porque aún no había cogido los kleenes y me veía limpiándole los mocos con la manga.

Se me ocurrió que podía hacer también para cenar nachos con queso, guacamole y crema agria. Llamé a Pau para preguntarle si había nata. Él me respondió con la voz un poco rara – Pues no tengo ni idea, creo que en la nevera había pero no sé si está caducada-. Le dije – Ya lo sé. Pero te puedes acercar a la nevera y mirarlo ¿no? Por cierto, ¿qué tal los toalleros, ya has acabado? Nosotros vamos ya para casa -. Y entonces él me explicó – Pues es que … voy un poco mal de tiempo. Porque en lugar de ponerme con el baño me he puesto con el radiador de la cocina y se ha complicado un poco… Total, que no he empezado con el baño -.

Mi paciencia se despidió de mí con dos besos y me dijo – Me tomo la tarde libre… -. Acto seguido le metí un grito a Pau - ¡¡¡Joder, Pau!!! ¡¡¡No era eso en lo que habíamos quedado!!! -. Y él poniendo voz paternal y tratándome como si yo fuera una histérica me contestó – Tranquilízate y no me grites. Además lo único que ocurre es que me he cargado un purgador -. Le colgué el teléfono, le dieron por saco a los nachos, al queso y al guacamole, pagué las pizzas y compré pan. Luego me dirigí a la taquilla a por mis pertenencias y resultó que mis manos eran de mantequilla porque se me cayó la llave debajo de unas de las repisas del pan de tal manera que no podía alcanzarla - ¡¡¡ARRRRRGGGGH!!!! ¡¡¡Me cago en todo lo que se menea!!! -. La panadera sacó la cabeza desde dentro del puesto - ¡¡Espera que te la alcanzo desde aquiiiií!!

Por fin podíamos irnos, las bolsas me cubrían casi por entero y solo tenía un hueco para los ojos. Llegamos a casa andando muy despacito porque Nico aprovechó para investigar en cada rendija del camino. Y abrí la puerta de casa. La visión era dantesca. Todas las herramientas desperdigadas por el suelo de la cocina, cubos recogiendo agua en varios radiadores y Pau con la fregona en la mano - ¡¡Pues no me he cargado un purgador, que han sido dos!! ¡¡¡ Y del segundo has tenido tú la culpa porque con la bronca que me has echado por teléfono me he puesto nervioso!!! -. Yo no daba crédito - ¿Y por qué coño has seguido tocando radiadores, joder?

Además eran las tres de la tarde, no había comida hecha, las camas estaban sin hacer y la casa en general sin recoger. Sentí como se me iba un color y se me venía otro. De pronto tenía una bonita tonalidad violeta por todo el cuerpo. Pau siguió hablando – Hummm. Pues tengo que coger el coche e irme al Leroy Merlín ahora mismo, porque he roto dos arandelas y si ahora abres el grifo del agua caliente, el agua saldrá a chorros por dos o tres radiadores. Total, que no tenemos agua caliente -. Yo no hablaba ya. Solo le miraba. En un susurro le dije – Haz lo que tengas que hacer, pero hazlo ya. Llamaré a mi prima para cancelar la visita -. Y él - ¡Que no! ¡Que no llames a nadie que esto son cinco minutos! -.

Eran las tres y media cuando salió por la puerta. Para cinco minutos ya llevábamos consumida media hora. Hice comida para los tres, comí con Nico y me recogí la casa. Los platos no podía lavarlos por el pequeño detalle sin importancia de que no tenía agua caliente, así que se quedaron apilados en el fregadero hablando de sus cosas. Por fin Pau hizo su aparición estelar a las cuatro y media - ¿Has llamado a alguien? - . Y yo – No. No he llamado a nadie, pero como a las cinco no hayas acabado con el facking radiador, sí que llamo -.

Milagrosamente fueron cinco minutos de arreglar los purgadores y dio tiempo a adecentar la cocina e incluso a que él comiese. Cuando llegó mi prima con su marido y sus niños éramos la viva estampa de la familia feliz vestida en chándal para jugar al pádel. Como si no hubiera pasado nada. En fin, y no me divorcio, porque soy muy vaga.

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¿PERO POR QUÉ NO ME HE QUEDADO EN LA CAMA…?

Hay días que uno debería quedarse en la cama. Bien escondido. Yo no lo hago porque iban a ser más los días de cama que de oficio y beneficio. La cama al final se declararía en huelga de mantas caídas y me echaría a empujones hacia la ducha diciéndome cosas feas y amenazando con dejar mi casa. Con razón.

ruedaHoy era el primer día de cole de Nico después de unas vacaciones inolvidables en las que aprendió a nadar en la playa y se tiró por dos montañas rusas apoteósicas en Disneyland París. Unas vacaciones que hemos enmarcado y ahora viven en la pared de mi salón sacándonos la lengua y poniéndonos los dientes largos. Hemos hecho surco en la tarima flotante.

Nico  solo tiene cinco años y odia el colegio. Total, que desde que puso el pie en la puerta para irnos al cole se convirtió en un generador de lágrimas bajito. Y así íbamos los tres dando el espectáculo por la calle. Nico de vez en cuando gritaba - ¡¡¡Sécame las lagrimitaaaaas!!! ¡¡¡Tengo mooooocoooooos!!!! -.  Lo que se dice, un paseo agradable. A los cinco minutos yo tenía las manos llenas de klenees usados que competían en ver cuál se precipitaba con más arte hacia el suelo. Comencé a sopesar la posibilidad de hacerme implantar dos manos más.

Reconozco que paciencia, lo que se dice paciencia, poca. Si alguna vez he coincidido con ella en alguna parte no la he saludado por desconocimiento, no por mala educación. La tensión comenzaba a abrirse paso en mi interior. Literalmente. Ahora tengo carreteras en lugar de estómago y la tuneladora aparca a lado de mis riñones.

Pusimos a Nico en la fila de su clase. Un compañerito saltarín me agarró la camiseta por detrás y llamó mi atención con dos tironcitos - ¿Está llorando Nico? -. Yo pensé - “¿No es evidente, rico?”. – Sin embargo la parte más amable de mí se presentó a codazos, tomó el control dando una patada en el trasero a mi parte más borde, y acertó a contestar – No, cariño, es que se emociona, pero enseguida se le pasa-. Nico por supuesto no pudo pasar sin hacer su aportación al momento - ¡¡¡BUAAAAAAAHHHHH!!! ¡¡¡Límpiame las lagrimitaaaaaas!!!! ¡¡¡¡Tengo mooocooooooos!!!!.

Le di el relevo a Pau y viendo que se aproximaba la profesora, me acerqué a ella con las manos llenas de kleenes sucios para saludarle y preguntar cuándo le venía mejor que le bajásemos el material de Nico. La profesora de Nico es pelín ruda con los padres … y con el mundo en general. El mundo un par de veces se ha negado a seguir girando si la profesora no se disculpaba y ha tenido que intervenir el director. En fin. Cuando estaba a cincuenta centímetros de ella con la boca abierta, ya sin posibilidad de marcha atrás, ella lanzó un grito hipohuracanado - ¡¡¡LOS PADRES DETRÁAAAAAAAAS!!!.-

Mi audición normal se tomó su tiempo para volver. Se fue a desayunar con todas las audiciones normales de los padres que estábamos allí presentes. La siguiente vez que la vi estaba limpiándose los restos de zumo de naranja. Por fin se decidió a meterse de nuevo en mis oídos. Me miré con otra víctima en formato madre que estaba con un dedo metido en su oreja izquierda intentando recuperar ostensiblemente su propia audición  y comenté – Pues empezamos fuertecito este año -. Y ella solo fue capaz de decir - ¿¡¡Cómoooorr!!?

Por fin los niños se metieron en sus respectivas clases. Pau y yo nos volvimos a casa. Los pañuelos me rebosaban por todas partes y no encontraba ningún sitio donde tirarlos. Entramos en la urba y me los quité de encima en una papelera que no había visto antes junto a la garita del vigilante.

Yo - Hum … qué oportuna la papelera.

Pau, parándose y mirando hacia atrás - ¿Qué papelera?

Yo, sin dejar de andar - Pues esa papelera nueva que han puesto al lado de la garita.

Pau, un tanto confuso - No son papeleras. Son revisteros para la publicidad.

Yo - ¡¡¡DIOXXXXXX!!!

Rescaté mis pañuelos sucios que se estaban partiendo la caja a mi costa. Por su parte habían hecho ya bastante amistad con unos folletos del Media Market y habían quedado con ellos a tomar café, sin embargo tuvieron que renunciar a sus planes porque los tiré a la basura en cuanto llegué a mi casa. No estaba por la labor de tener semejantes huéspedes en mi hogar por mucho que nuestra relación hubiese cuajado y fuese ya por un tercer o cuarto nivel. No habría sabido cuál era el siguiente paso a dar.

Pau cogió el Polo y se marchó a su trabajo. Yo cogí el Tourán. Y un clavo de una obra que había a dos calles de mi casa me cogió a mí. En el sentido argentino. Sonó un estruendo y un taxista que llevaba detrás comenzó a señalarme con un dedo la retaguardia de mi coche. Casi pierde el brazo del ímpetu. El coche se negó a dar un sólo paso más. Abrió las puertas, se puso de jarras y mirándome desafiante me dijo – Tú verás, mona -. Me bajé a cuantificar bajas y desperfectos. Una de las ruedas de atrás se había reventado. Sentí ganas de echarme a llorar. Encima se estaba montando la madre de todos los atascos en mi calle, y como madre abnegada que era, tenía prisa por llevar el bocata al atasco de la M-30 sur, que se lo había dejado en casa. Llamé al seguro y se puso una chica de atención al cliente:

Atención al Cliente - ¿Tiene rueda de repuesto?

Yo - Sí.

Atención al Cliente - ¿Tiene el tornillo de seguridad?

Yo - Sí.

Atención al Cliente - ¿Tiene gato?

Yo (mi parte borde devolvió la patada a mi parte amable y tomó las riendas) - Mira, sí. Tengo de todo. Lo que no tengo son fuerzas para cambiar la rueda yo misma. ¿Me puedes enviar a alguien de una puñetera vez?

Atención al Cliente - Nos informan de que hay un atasco en su calle.

Yo - No jodas.

Atención al Cliente - Tardaremos 40 minutos. Y no es para ponerse así.

Los cuarenta minutos fueron épicos. No sabía si cortarme las venas o dejármelas largas e imponer moda. Puse el triangulo a tres metros del coche pero eso no impidió que algún energúmeno desde alguna furgoneta me dijese de todo menos bonita.  Por fin llegó el de Asistencia Express, que me miró un poco raro cuando se percató de que mis venas iban arrastrando por la calle – Eeeeerhhh, esto ya está – dijo - ¿le puedo preguntar por sus venas?-. Yo contesté – No, no puede. Estoy pensando en rizármelas ¿pasa algo?.- Y por fin pude llegar a descansar al trabajo. Y quiero un diploma de premio porque no lloré y me porté como una chica mayor. Hala.

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DESPEDIDA DE SOLTERA

Hace unas semanas mi amiga Nadia nos comunicó su intención de casarse contra Saúl. No es que sea un caso de soltera y entera a estas alturas de la vida, tienen una niña de cuatro años, pero ella está decidida a dar el paso. El paso la miró raro y acertó a preguntar - ¿Pero… para qué? -. Sus treinta mejores amigas, entre las que se incluye Íker, un amigo gay,  no pudimos hacer otra cosa que prepararle una despedida de soltera a la altura de las circunstancias. La despedida de soltera estaba alborozada y le dio palmaditas en la cabeza al Empire State.

Tras cientos de votaciones, intercambio de mails y gestiones varias llegó el día D. Todas las amigas quedamos en casa de Nadia antes de que llegara y comenzamos los preparativos de la noche. Sólo faltaba el vestido que la pobre víctima iba a  tener que llevar el resto de la velada por todo Madrid. El problema era que el vestido iba en el coche de Fanny. Y Fanny estaba viviendo una experiencia extra sensorial.

Fanny había cogido su super cochazo de quince años. Un Golf que casi había hecho toda la universidad con ella. Entrañable. Cuando cogía la M-40 oyó un pitido alarmante procedente del salpicadero a la vez que se encendía el piloto del aceite. Fanny pensó - ¡Qué capacidad de sincronía! - . Y paró el coche en el arcén. El siguiente pensamiento rozó cotas insospechadas de capacidad deductiva - ¡¡Diox, me he quedado tirada en la carretera!! …¡¡Como una colilla!!-.

Fanny decidió afrontar. Llamó a Sara, amiga y vecina de su urbanización, y junto a ella estableció un plan de emergencia. Básicamente Sara salió pitando a su casa a coger un coche, de ahí se acercó a una gasolinera a comprar aceite y en una suerte de carrera contra el tiempo llegó al encuentro de Fanny. El coche de Fanny se bebió el litro de aceite saboreándolo con complacencia y lamiendo los bordes al final. De esta manera Fanny pudo llegar a casa de Nadia en el Golf, no sin antes apuntar el nombre de Sara en la agenda, sección super héroes. Una vez arriba, se desplomó en el sofá resoplando – Necesito algo fuerte y no me refiero a hacer pesas.

Ya podíamos vestir a Nadia. Después de una media hora de lucha sin cuartel, nuestra mártir apareció encajada en un descotado y minifaldero traje de cabaretera francesa, que se complementaba con unas plumas de colores en la cabeza, un pelucón rubio, medias negras de rejilla, merceditas negras con tacón y unos labios de color rojo chillón. Todo muy discreto si el color rojo no se hubiera dedicado a gritar cosas soeces a todo el que le salía al encuentro. Las demás simplemente nos pusimos una pluma más pequeña en la cabeza.

Tras varios regalos entrañables y otros subidos de tono le tocó el turno a Íker, que se descolgó con unas tomateras a punto de recolección y un naranjo. Todo vivo. – Esto lo pones en el alfeizar de la ventana y en un par de días recoges los tomates – Explicó – Las naranjas necesitarán un poco más -. Ante el estupor de Nadia, el individuo fue llevando a cabo lo que estaba contando, y en dos segundos nos habíamos quedado sin paisaje en la habitación.

Después de varias copas decidimos que era hora de llamar a los taxis y salir hacia nuestra primera parada. Bajamos todas en tropel la escalera y cuando llegamos abajo nos encontramos al conserje de la casa en estado de shock. Alzó los ojos, se dio de bruces con nuestro atuendo, y alcanzó a musitar un tanto confuso – Es que me ha caído una planta -. Ninguna dijimos nada pero todas pensamos - ¡¡Ostras, el naranjo!! -.  Nadia puso cara de horror debajo de su peluca y pretextando un olvido de última hora se volvió a su casa para comprobar que efectivamente, allí no estaba el naranjo. Nadia, emulando a Fanny, decidió afrontar. Entró en el cuarto de la niña,  encontró una cadena con candado y amarró bien fuerte el resto del huerto asesino. Así sigue desde entonces.

Sin más contratiempos llegamos al restaurante, donde todas nos calzamos unos trajes de época para la ocasión. Allí se nos unió Alicia, una amiga de una de las componentes del grupo, que acababa de llegar a Madrid para visitarla y se había venido porque no se iba a quedar sola en casa. Alicia tenía algunas peculiaridades. Entre otras un punto ninfomaniaco que dejó bien patente enseguida y sin esperar a los postres. Algo empezamos a sospechar cuando entró el primer camarero, y le comunicó cómo le ponía su culito. Cuando Nadia pudo encontrar la mandíbula inferior que se le había caído al suelo de la impresión, comenzó a sopesar la posibilidad de presentársela a su hermano, puesto que la chica no parecía hacerle ascos a nada… ni a nadie. Luego cambió de parecer y sopesó la manera de matarla cuando la vio intentando entrarle al pobre Íker que desde ese momento no quiso salir de debajo de la mesa.

Y llegó el plato fuerte de la cena. Agatha. Un travesti tipo armario tamaño 2×2 que hizo las delicias de las comensales y en particular de Alicia, especialista en la ejecución de bailes no diríamos eróticos, sino directamente guarros. Agatha casi la araña. Hubiera estado bien, lucha libre en la cena. Eché en falta el barro. Definitivamente esa fue la noche de Íker, que también triunfó con Agatha . Se fue con un par de labios marcados en la mejilla, un número de teléfono en el bolsillo y finalmente consintió en salir de debajo de la mesa. Esto tranquilizó sobremanera a Nadia que desistió de pensar en maneras de asesinar a Alicia y volvió a planificar estrategias de acercamiento para su hermano. Sin embargo un pensamiento hizo eco en su cerebro - ¿Pero qué me ha hecho a mí mi hermano? – Y cejó en su empeño.

El espectáculo deplorable que Alicia constituía, no paró ahí. Se acercó a las cocinas y allí la perdimos de vista durante un buen rato. Cuando al fin la recuperamos con el pelo un poco revuelto y algo de grasilla en sitios inverosímiles decidimos abandonar la ropa medieval, salir del local y continuar la noche en un garito cercano. Doblamos la esquina y bajo la ventana de las cocinas del restaurante que acabábamos de abandonar nos salió al encuentro una plancha de hierro con un cabreo del quince que señalaba ostentosamente a Alicia.  La recogimos del suelo y la llevamos dentro de nuevo, ante el estupor del maitre, que fue a mirar si en cocinas faltaba algo como aquello y efectivamente, a la barbacoa le faltaba una plancha de hierro. Nosotras miramos a Alicia con cara de interrogación y ella nos dijo - … Hum. No sé. Habrá salido volando - . Nadia respondió - Entonces por tu ropa interior ni preguntamos -. La noche mejoraba por momentos.

Eran ya altas horas de la madrugada cuando después de mucho desparrame, copas y ligoteo, decidimos volver a casa de Nadia y recuperarnos un poco antes de coger los coches y regresar cada una a su hogar. Fanny decidió mover el Golf y dejarlo más cerca de la puerta, yo la acompañé, aunque poca ayuda podía esperar de mí, pues íbamos las dos en unas condiciones lamentables.

A las pocas horas de sueño profundo un sol infernal comenzó a entrar por la ventana -  ¡¡Diox, soy un vampiro!!. - Miré el reloj, calculé media hora para largarme de allí. Teníamos comida familiar en casa de mis suegros y yo me sentía la purria de la raza humana en esos momentos – Joder, ¿dónde he dejado el bolso? … ¡Coño, en el coche de Fanny! -. Ella estaba aun dormida, cogí las llaves del coche y me bajé a recuperar mis pertenencias. Cuando subí Fanny se había despertado:

Yo - Te han dado un trompazo fino en el coche.

Fanny - Imposible. Si llegamos tardísimo.

Yo - Pues otro llegó más tarde…

El Golf tenía las dos puertas del lado de la calzada completamente hundidas. El culpable de tamaño desastre no había dejado ni teléfono ni nada. Hubo que llamar a la grúa. Y allí estábamos las tres, Nadia, Fanny y yo, mirando la catástrofe a través de nuestras gafas de sol y sentadas en el capó del automóvil de Nadia. En éstas estábamos cuando bajó Alicia que dirigiéndose a Nadia intentó una broma – Espero que esto no sea una mala señal para tu boda ¡¡Ja, ja!!.- Y Nadia, mirándola de arriba abajo respondió - Tú, sobre todo, no me toques el coche, mona.

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